Una de las satisfacciones que me da frecuentar el Ateneo barcelonés es coincidir con gente rara como yo. Si algo nos une o imprime sello es una inclinación por el libro y una cierta capacidad de absorción por lo que hacemos, aunque eso a veces nos haga parecer huraños, cuando no desafiantes.
Aparte de escuchar interesantes conversaciones al vuelo, saber que gente muy ilustrada pobló estos espacios en tiempos pretéritos (y, por lo tanto, mitificables) nos deja un aroma de historia en las costuras y el orgullo de saber que uno también estuvo allí.