Cuando no tengo nada en qué pensar (lo cual me pasa muy poco a menudo) me planteo dilemas de dificilísima respuesta. Por ejempo, el último de ellos: ¿qué se recuerda con mayor placer, un buen desayuno o una buena merienda?
Arduo dilema.
De entrada, los desayunos.
Nunca olvidaré aquel pantagruélico desayuno de bufete en un hostal de Copenhaguen en verano de 1977. Yo tenía 18 años. Nuestro vuelo a Los Angeles desde Madrid implicaba pernoctación en la capital danesa.
¡Qué surtido de bollos en la mesa! ¡Qué quesos más cremosos, qué mantequillas más finas! ¡Qué acendrado el zumo de naranja…servido en una capital escadinava!
Y qué decir de la pulcritud del lugar y la servicialidad del camarero, un señor muy entrado en años, ante la vorágine de famélicos mozalbetes hispánicos…
Pero esta tarde (34 años más tarde) he merendado mi consabido donut de la casa con dos pastillas de chocolate con leche del Forn Núria de la calle Tallers de Barcelona y ya veo el mundo de otra manera. Por un euro sesenta céntimos he adquirido mi panacea de media tarde, un estimulante cerebral sin parangón, una pequeña razón para vivir.
Ciertamente es un dilema si deayunos o meriendas nos hacen la vida más felices en desigual grado.