Me sucedió ayer en la calle Calvet de Barcelona. El enésimo mendigo negro estaba en la esquina pero no pedía. Mostraba sus blanquísimos dientes blancos enfrascado en una animada conversación vía movil.
Me vino a la memoria aquel chiste que leí hace 40 años en la prensa diaria: un mendigo con un cartelito que reza: «Se aceptan las nuevas monedas de 500 pesetas».