Llega ese punto de languidez digital de los veranos en que apenas recibo ya mensajes. Incluso los enviadores de spam parecen haberse ido de vacaciones. Esporádicos mensajes desembarcan en mi bandeja de entrada, con lo cual puedo dispensar una atención y mimos inusuales. Lo de cada estío.
(Caen gotas de sudor sobre mi teclado. Pero no es por el esfuerzo).