Las camionetas blancas circulan por doquier en los atardeceres barceloneses todos los martes. Sabedores de que entre las 8 y las 10 la gente puede dejar todo tipo de bártulos y residuos en las aceras, se adelantan a la acción de recogida de los servicios municipales. Objetivo: aprovechar todo lo aprovechable, que la crisis aguza el ingenio y el denuedo en la lucha por la supervivencia.
Es impresionante como dejas una silla o un mueble en la calle y a los pocos minutos ya ha sido recogido.
A las camionetas hay que unir a los errabundos detectores de cosas de algún valor en los contenedores. Con un palo remueven la porquería a la búsqueda de un pequeño y redentor tesoro.
Si hace cinco años nos lo hubieran dicho, no nos lo hubiéramos creído. Torna así la miseria que creíamos -ingenuamente- erradicada.