He pasado una semana en Viena. Me ha sido grato reencontrarme con una de las más bellas y grandes capitales europeas, recordar los orígenes de Mozart a caballo entre Salzburg y Viena, y visitar la casa donde habitó Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis. ¡Ah! Y visitar algunas de las multiples exposiciones dedicadas al pintor Gustav Klimt, cuyo 150 aniversario celebra la capital vienesa por todo lo alto.
Ha sido mi cuarta visita a Viena. La primera fue en el verano de 1981, cuando yo estudiaba alemán en Munich y me desplacé un fin de semana en tren (¡gracias a aquel mítico carnet Interrail!) a Salzburg y Viena.
Unos años más tarde- como becario Fulbright- estuve dos semanas en el Salzburg Seminar y aproveché para darme un nuevo garbeo vienés.
Y poco antes de 1990 acompañé a Austria al presidente Jordi Pujol en un viaje de prensa y no faltó la estancia vienesa.
La ciudad estaba espléndida (ha hecho mucho calor) y rebosante de turistas. Se nota especialmente en los precios en el centro de la ciudad. En la periferia, en cambio, los precios ya son más parecidos a los españoles, aunque superiores.
Me he desplazado también un día a Bratislava, la capital de Eslovaquia. Se nota que es un país todavía en desarrollo, con vestigios de la era comunista. Pero el centro de la villa es bonito, está cuidado y atrae un buen número de visitantes.
Mi desplazamiento a Bratislava ha sido en barco a través del Danubio (en alemán, Donau). Sí, señor, esto es un río y lo demás son cuentos. Cuánto caudal y qué amplitud de cauce. Pero contrariamente a lo que proclama el vals de Strauss, de azul no tiene nada…