Conocí a Alfonso Dicenta en la sede central de RIU Hotels en Mallorca, el Riu Centre, a finales de los años noventa. Vino a verme para pedirme publicidad. Se marchó sorprendido de dos cosas: de que no le preguntase de parte de quíén venía y de que moviese cielo y tierra para ayudarle a financiar el anuario hotelero que preparaba en República Dominicana. Estaba harto acostumbrado al no por respuesta.
Fue el inicio de una bella amistad.
Desde ese momento todos mis viajes profesionales a República Dominicana contaban con una cita inexcusable: ver a Alfonso.
Alfonso me alojó en su casa en las afueras de Santo Domingo. Calmó mis temores al ver que un policía con pistolón vigilaba su urbanización. Me llevó a la Casa del Teatro y me presentó a su amigo entrañable Freddy Ginebra. No cumplió, eso no, su promesa de presentarme al cantante Juan Luis Guerra, pero me consta que lo impidieron las circunstancias. Era un amigo sólido como una roca. Todo lo contrario de los huesos de su cuerpo ínfimo: frágiles, quebradizos. En ellos anidó la muerte.
Alfonso hizo darme cuenta de la maldad mallorquina, mallorquín como él era. De la necedad de la mayoría de sus empresarios hoteleros. Y de la bondad, en cambio, del alma dominicana. Me abrió lo ojos.
Ah, y qué decir de nuestras correrías por la noche dominicana…Recuerdo con especial agrado las visitas al «Proud Mary», el indescriptible bareto de la zona colonial regentado por una catalana con su música anclada en los años setenta, póster de un jovencísimo Bob Dylan incluido.
Con Alfonso Dicenta me he bañado en las playas dominicanas, he comido sucedáneos de paella y he sorteado la legión de prostitutas que se te ofrecen en los arrabales playeros, donde la belleza de los cocoteros contrasta con la fealdad de las chozas. Hay mucha pobreza.
Guardo un recuerdo muy dulce de Alfonso. Y un montón de anécdotas. Como aquel día que el enfermero que le hacía la resonancia magnética lo tuvo por descuido abandonado un largo rato en el horrible sarcófago metálico hasta que su golpeteo le hizo caer en la cuenta. Y Alfonso lo explicaba con dulzura cómplice: «Miguel Angel, esto es el Caribe». Y yo rememoraba en mi cabeza el sensacional video de Juan Luis Guerra «El Niágara en bicicleta». (Ultimísima versión: http://www.youtube.com/watch?v=xhpJqdZgF5U)
Hablando de Juan Luis Guerra. Ojalá tipos como Alfonso proliferen. Porque harán del mundo un lugar mejor. Má habitable. Más amistoso.
Ojalá, por doquier, lluevan Alfonsos.
(Con todo mi cariño a sus familiares y amplia legión de amigos. Morir pasa a tener un aliciente: quizá volverte a ver, Alfonso).