Cuanto más audito la personalidad de Pep Guardiola, nuevos e inesperados ángulos aparecen. Se me antoja una personalidad llena de repliegues. Una mezcla paradójica de brillantes fortalezas y sorprendentes fragilidades emocionales. Se me antoja un individuo de profunda capacidad amatoria y al mismo tiempo una portentosa lanzadera de inquina.
Son impresiones. Puras impresiones las mías de un observador que supera ya el lustro en una fascinante tarea: el análisis de un individuo que ha protagonizado gestas deportivas con las que ha marcado una impronta indeleble en el mundo del fútbol y en la sociedad catalana.
En la rueda de prensa de ayer, el lenguaje gestual de Pep revelaba malestar ante mis preguntas, un cansancio repentino, un otra-vez-ése. Pep, con la cara paga. Del poliedro emergen sus ángulos anímicos, ese nervio profundo y esa sensibilidad de artista que le hacen tan único. Y, para mí, tan adorable.
Pudiera decirse que todas las personas somos poliedros. Que cualquier persona es un mundo y que la diferencia radica en estar o no sometido a la lupa mediática. Bien cierto. Todos somos un mundo. Pero no todos tenemos capacidades tan excepcionales como las del noi-de-Santpedor cuyo prestigio empieza a consolidarse en el reino de la señora Merkel.
(Qué bueno estar aquí para verlo).