A siete grados sobre cero en Vidrà. Ambiente húmedo, cielo encapotado. Luz escasa como corresponde a una jornada de invierno en la media montaña en la Cataluña prepirinaica.
La finca con los restos de mi padre yace plena de pastos. Se nota que las vacas no han pastado en el predio en largo tiempo, quizá dos años. Como si por respeto al difunto, que allí mora desde hace dos años y un mes.