Bélgica, la hispanofobia y el genocidio del Congo

En algunos países de la Europa del norte están siempre esperándonos. En Inglaterra, por supuesto. Pero, sobre todo, en Holanda y en Flandes, la Bélgica de lengua holandesa. Los que conocemos como flamencos, a los que otro belga, Jacques Brel, valón, de lengua francesa, dedicó una de sus canciones más conocidas:

Les flamandes dansent sans rien dire (…)/
Les flamandes dansent sans sourire…

(Los flamencos bailan sin decir nada, los flamencos bailan sin sonreír…).

La hispanofobia, la maldita leyenda negra que buena parte de la izquierda española asume en su ignorancia, que reaparece cada vez que pueden volver a pintarnos como el demonio católico, ha sido el fermento sobre el que se construyeron algunas de las naciones protestantes, como Holanda, y también, aunque indirectamente, esa Bélgica cuya única argamasa fue la religión, y hoy es la nada.

Valones y flamencos se detestan fraternalmente, sobre todo por el insoportable racismo que los nacionalistas de Flandes dispensan a sus supuestos compatriotas. Una vez más, como en Italia con la Liga Norte, o como en Cataluña y el País Vasco, o en las propias tensiones pasadas –esperemos- en la Unión Europea, el Norte rico desea separarse del Sur pobre, al que acusa de vivir a su costa. Lo que en Flandes se añade a una conciencia de raza distinta: los flamencos son germanos, como sus hermanos de lengua, los holandeses, y como alemanes, escandinavos e ingleses; en cambio, los valones constituyen una etnia romanizada y, por tanto, degradada, mezclada.

Como añadido, la xenofobia y el odio a España han convertido en compañeros del alma a nacionalistas de extrema derecha flamencos, y nacionalistas de derechas y de extrema izquierda vascos y catalanes. Y una misma conciencia de superioridad, que es lo que se llama supremacismo, y que esconde una íntima convicción de pertenecer a una raza superior que hoy está mal visto exhibir, pero que siempre se esconde ahí. Memorables las palabras de Junqueras sobre la diferente adscripción étnica de catalanes y resto de españoles. El desprecio, en fin, a quienes consideran inferiores, pero que históricamente les han dominado (lo cual les irrita aún más), según la interpretación de la Historia que conviene a sus miserables intenciones. A los flamencos les han caído del cielo, literalmente, los desertores catalanes. Lo veis, lo veis, la malvada España siempre resurge, la Inquisición, Felipe II, los Tercios (la Guardia Civil), Franco… No tienen solución, nunca serán demócratas, hay que echarlos de Europa.

Del apestoso racismo filonazi que suponen estas afirmaciones contra una España a la que siempre consideraron impura por haberse mezclado con moros y judíos, lo que más duele es comprobar cómo, una vez más, semejante ristra de infamias y embustes es aceptada por una parte de los propios españoles. El desconocimiento de nuestra historia, de lo que fue el Imperio y la aventura americana y universal de España (busquen las maravillosas ciudades, catedrales, hospitales, universidades, carreteras y palacios civiles que dejó España allí) es una de las mayores tragedias de una vieja nación que vive acomplejada frente a sí misma y que hace suya la propaganda de sus enemigos.

Eso, tan nefasta tradición, la incapacidad para defendernos, para exponer nuestras razones y nuestra verdad histórica, lo estamos viendo durante estos años de nacionalismo exacerbado, cada día más extendido por más regiones, que ha ido construyendo una nueva leyenda negra, esta vez contra la democracia española, sin que hayamos sido capaces de oponer argumentos que habrían demostrado fácilmente las falacias de la carcoma nacionalista. El 155 ni se está aplicando ni se está explicando, al menos por el Gobierno.

Ni siquiera hemos sido capaces de recordarles a nuestros compatriotas belgas (compatriotas europeos) su pasado infinitamente más turbio y criminal que cualquiera de las peores acciones que se hayan inventado sobre España: el genocidio en el Congo, llevado a cabo para su colonización y la explotación del caucho a finales del siglo XIX y principios del XX, bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica. Propiedad privada del rey, los historiadores calculan entre 8 y 10 millones de personas las que fueron exterminadas y mutiladas para imponer un ritmo atroz a los trabajos de extracción de la que se había convertido en una de las materias primas más valiosas del mundo. Y todavía queda una estatua ecuestre en Bruselas de aquel gran criminal. Ni Hitler mató tanto.

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