Viaje a la Alcarria, versión siglo XXI

Viaje a la Alcarria, versión siglo XXI

Tranco XI. Entre la Concordia, el parque de San Francisco y el Fuerte, que fue convento, además de El Escorial de Guadalajara, la prosa se torna lírica y aun se deja hablar a la poesía

ENTRE EL PARQUE DE LA CONCORDIA, uno de los mejores espacios ajardinados de Guadalajara, y la iglesia del Fuerte de San Francisco, el templo mayor de toda la ciudad de Guadalajara, y antiguo convento franciscano, es por donde transita la vía conocida como la Carrera, y el trayecto que están haciendo Manuel, el clérigo de órdenes menores y el escribidor de esta historia, el cual, aunque Manuel le cae bien, no sabe como quitárselo de encima, según trae la prisa que trae, que no le permite entrar en complejas conversaciones.

Hasta hace relativamente poco tiempo el Fuerte de San Francisco perteneció al Ministerio de Defensa y por eso, y por alguna construcción exterior de salvaguarda que semeja ser una pequeña muralla con sus almenas, cubos y torretas defensivas y todo, recibe el nombre de “El Fuerte”. Antes de llegar a él, se encuentra el parque de San Francisco, que arranca ya desde la circular plaza de Bejanque.

El parque de San Francisco es longitudinal, esto es, hecho en el sentido de la longitud más que en el de la anchura; profundo, como Kant, Aristóteles, Leibniz, Platón, Schopenhauer, Plotino, Nietzsche, Heráclito o algún otro pensador alemán o griego, por ejemplo… Bueno, quizá no tanto; pero sí es bastante profundo.

El parque de San Francisco también es denso, compacto, apretado, verdoso que para eso es parque, pero tirando a oscuro, sombrío, sombreado, un tanto melancólico, muy alto de copudos y empinados ejemplares de árbol, más bien proclive a lo tenebroso y entoldado, un poco triste y pesimista, por lo que a uno no le parece un buen lugar para declararle amor eterno a la parienta, cubierto y nublado aunque luzca el sol por el mundo de afuera, con rayos solares que también le llegan al suelo, ¡no vaya el lector a creer que lo que se adentra en el parque son únicamente rayos de sombra!

El parque de San Francisco hace dos o tres años fue remodelado concienzudamente por el Ayuntamiento de Guadalajara: saneado en toda su superficie, mejorado e impermeabilizado en el vaso de su fuente ornamental, adoquinado en los dos viales que parten de la fuente, erigido un tramo de escaleras para que una el parque con el Fuerte de San Francisco, automatizado totalmente en el sistema de riego del parque, renovado y ampliado su sistema de iluminación.

Pese a ello, el parque de San Francisco de Guadalajara sigue teniendo un aire borrascoso y encapotado, como si fuera a llover sobre el alma.

Cuando instalan en él los corrales de toros, para los encierros urbanos matinales hasta el coso del paseo de las Cruces, durante las fiestas de septiembre, la manada sale de las proximidades del parque en estampida, como si les diera miedo a los animalitos estarse en sitio tan oscuro y frondoso mucho tiempo…

Casi antes de que suene el cohete, ya están corriendo los morlacos a todo correr, apenas se abren las puertas. El escribidor cree que es porque no están muy seguros de su integridad en sitio tan cerrado y oculto… Ni los restantes cornúpetas o astados, sirve decir, los mansos, que también huyen del sitio que se las pelan, por la Carrera arriba, camino de donde sea. Pero de otro sitio.

De cierto, a la caída de la tarde en el Parque de San Francisco no apetece estar. Y por la noche, menos. Que nunca sabes qué sombra te va a salir, ni qué penumbra te va a dar en la cara, ni qué nube entre tinieblas hecha de nocturnos tubos de noche y de infames turbas de noctámbulas aves trasnochadoras y noctívagas, como si no hubiera bastantes horas durante el día para vagar adonde se quiera.

Sobre autor:

https://www.youtube.com/watch?v=HdKSZzegNN0&feature=youtu.be

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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