La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Diario de un peregrino en Tierra Santa. Capítulo VIII: Ante el sepulcro que se iluminó de vida

Ese mismo 5 de agosto siguió la ruta de 54 peregrinos que coronamos nuestro ascenso a los cielos. De Jerusalén al Cielo. En la anterior crónica dejamos a Jesús en el momento de su prendimiento. ¿Dejamos? ¡No, allí, junto a Él permanecimos! No sería hasta esa tarde cuando en la parte antigua de la urbe, en la llamada ciudad de David, bajamos hasta las catacumbas de la misma. Y miramos la historia del Antiguo Testamento de frente: Hacia el año 1004 a.C., David unificó el Reino de Israel al conquistar la ciudad de Jerusalén. ¿Cómo lo hizo? Conduciendo a sus soldados por el torrente subterráneo que llevaba el agua a la ciudad. Así, ¿qué pasó más de 3.000 años después? Pues que los que seguimos las huellas de Jesús aquellos calurosos días de agosto también nos condujimos por el rastro de los soldados del Rey David. Descendiendo muchas docenas de metros, atravesamos durante diez minutos un estrechísimo camino de roca. Sin lanzas, pero pertrechados con la fe. No hubo conquista, sólo recuperación de la luz y el aire. ¡Y gozo histórico!

Más tarde, nos presentamos en la Piscina de Siloé. Ésta aparece citada en el Evangelio como el sitio en el que Jesús curó a un ciego que luego fue rechazado al presentarse en la sinagoga. Tras soñar un baño en sus aguas purificadoras, nos presentamos ante la Puerta Hafa, junto al Palacio de Herodes. Allí, como nos contó José Antonio, se encuentra el único hueco en la muralla de la ciudad. Fue abierto en el siglo XIX para recibir a la comitiva de un peregrino muy especial: el canciller germano Otto Von Bismarck.

Al fin, tras un breve paseo por el Bazar, alcanzamos la meta: el Santo Sepulcro. Monte Calvario. Gólgota. El fin del Vía Crucis. La Cruz. Las lágrimas de María, la Magdalena y el resto de mujeres, junto a Juan, el amado, el único fiel. Jesús tiene sed. Vinagre. Longinos. El sorteo de sus ropas. En tus manos encomiendo mi espíritu. ¡Abba! Tres cruces. Uno llora por el Cristo: su recompensa es ya el paraíso. La lanza. Sus piernas no son quebradas. Llueve. La tela del Templo se rasga. En verdad era el Hijo de Dios. Muerte… Muerte en el Gólgota. Allí mismo, descendiendo unos 25 metros a la izquierda, el sepulcro de José de Arimatea, quien lo cede al Dios muerto. No ha sido Nietzsche, sino la maldad del hombre. Santo Sepulcro. Allí la oscuridad. Silencio. Descenso a los infiernos. Silencio. Un día. Dos. Tres. Domingo. ¡Resurrexit! La Magdalena pregunta al hortelano. No está… ¿dónde está? Sonrisa. ¡Rabboní! ¡Noli me tangere! Anuncio. Juan y Pedro, pero Juan es más joven y corre más. ¡No está! El Santo Sepulcro ya no es una tumba. La luz ha entrado en él y donde hay luz no hay muerte, sino vida.

Pero, ¿qué es hoy el templo del Santo Sepulcro? Oscuridad, suciedad, recargamiento, más viejo que antiguo. Es lucha: un statu quo entre las confesiones cristianas roza lo deprimente. Las paredes, el suelo y el techo “es para” ortodoxos, católicos y armenios. El aire “es para” los ortodoxos. ¿Es para? ¡¿Allí, donde la pasión, muerte y resurrección?! Sí, allí, hasta el tiempo: cada minuto se mide. Lo que es gloria, procesiones de franciscanos, cantos de ortodoxos y oraciones de armenios, todo junto, a la vez, no es tal. Muchas veces, roces, peleas, resquemores, odios. ¿Muchas veces? ¡Con una sola vez ya sería perversión! Con lo que sería de perfección si hubiese armonía. Si hasta el minarete que se oye de fondo suena a poesía. La Mezquita de la Roca, y la de Axa, no están lejos. Ni el Muro de las Lamentaciones. Jerusalén en estado puro. Aquí Dios está más cerca que en ningún otro lado del mundo, pero los odios no dejan escuchar sus latidos. Eso sí, como con la Vía Dolorosa, me quedo con la revolución y la falta de armonía. Una capilla de sirios monofisitas está destrozada. Sus cristales rotos y sus paredes quemadas me hacen escuchar mejor las lágrimas de Jesús en la Cruz. Jerusalén, Jerusalén, Jerusalén…

Subiendo al Gólgota, plata, oro lámparas enormes, pinturas horribles de un Jesús hierático y todopoderoso no me alejan de lo que busco: la piedra original del Calvario se conserva y se puede ver a través de un cristal. Y se puede tocar al introducir las yemas de los dedos en el orificio que culmina la roca. Para verte, cierro los ojos. No llueve, pero escucho las aguas que los ángeles lloraron hace 2.000 años allí mismo. Allí, allí, allí. ¡Aquí! Más abajo, siguiendo el recorrido de la piedra, veríamos el espacio en el que la tradición situaba la tumba de Adán, el primer hombre. Sea como fuere, cuando murió el Maestro ya se veneraba ese mismo espacio como tal. ¡Santo Monte sea por siempre el Calvario! Yo lo vi, yo lo toqué. Y lo sentí, y lo recé. Y está aquí, conmigo, mientras escribo esta oración…

Y descendiendo 25 metros a la izquierda, el Santo Sepulcro. Quemado por las velas incesantes, pasamos a la capilla cerrada que culmina el templo. Lo primero, alumbrado con dos velas, un fragmento de la piedra que cubría la tumba que era cueva. Esa misma piedra que se encontraron abierta la de Magdala, y Juan y Pedro, y yo ahora, hace siete días. Porque mezclo presente y pretérito, porque esto es una oración. Y al bajar la cabeza y arrodillarte, una losa que tapa la original. El boato me despista, pero sólo la primera vez. Por eso pasé cuatro veces al Gólgota y al Santo Sepulcro. Para poder cerrar los ojos y simplemente sentir. Sólo nos daban uno o dos minutos. Quería, quiero ahora, quedarme con todo, sentir la luz de la vida que allí se fraguó sin que nunca oliera a muerto. Santo Sepulcro, te siento tan cerca ahora mismo, aquí en mi habitación, pendiente de absorber un café…

En los minutos que siguieron me colmé de la oración que se cruzaba en diferentes idiomas y versiones. Pese al statu quo, cristianismo. Fe, fe, fe. Olí a incienso, desde aquí escucho los aleluyas. La Eucaristía en una capilla perdida entre las numerosas salas de la parte católica, fue tal vez la más especial de mi vida. Lo dijo Rapo: la gran noticia es que el sepulcro está vacío. No busquéis, está vivo. Ha resucitado. La Sagrada Hostia se elevó directamente a las estrellas. Por una vez, miré alto.

El llanto se desparramó, por dentro, al recuperar el aire. Nos esperaba otra montaña culminada en su descenso por un huerto: Getsemaní, otra vez. Gozamos la Hora Santa ante el Santísimo en la basílica de la Agonía. No nos dormimos, como Pedro, Juan y Santiago. Mientras Jesús lloraba y sudaba sangre, nos pidió una hora de vela. Y la rezamos. En la oscuridad de la basílica, ante la luz tenue de sus vidrieras sin sol. Después de la hora, cinco minutos fueron el anhelo cumplido. Los franciscanos nos regalaron ese tiempo para pasear por entre los olivos de su huerto. En la noche, en silencio, en el paraíso. Con Jerusalén noctámbulo de testigo. Con unas ramas del fruto de esos árboles centenarios como regalo inolvidable.

¿Morí esa noche en Jerusalén? Si escribo y rezo esto ahora ha de ser que no. Pero no imagino mejor noche para morir.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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