La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

El misterioso caso de Belén Langdon


Escribo este artículo midiendo al milímetro mis palabras. Lo hago de algo que me interpela cada día más. Me inquieta, me causa desasosiego, me estremece. Lo primero de todo: siento muchísimo la muerte de las cuatro chicas que fallecieron la pasada semana en la fatídica fiesta de Halloween del Madrid Arena. Entre esas jóvenes, estaba Belén Langdon, de 17 años. Mientras agonizaba, la noche antes de morir, tuve noticias de ella en Alcalá de Henares porque era alguien de nuestra común diócesis. Conozco a varias personas que la conocían. Al día siguiente, supe de su muerte. Y recé por ella, claro
.

Hasta aquí, lo normal. Si entendemos por normal la muerte de una chica en la plenitud de la vida. Pero ya desde ese momento de su muerte todo se desbordó. Con gran sorpresa por mi parte, el nombre de Belén ha protagonizado un sinfín de noticias en prensa, televisión, radio e internet. Todos destacaban en ese primer instante la fortaleza de sus padres y hermanos (entre ellos, uno sacerdote y otro diácono), que hallaban consuelo en su profunda fe. Hasta ahí, si cabe, todo continuaba siendo normal.

Pero lo que me ha hecho dar el paso definitivo de comentar este tema es el aluvión de comentarios leídos estos días en un extremo y en otro. Los hay que, directamente, “canonizan” a Belén y la exponen como modelo de fe. He llegado a escuchar la expresión “mártir de Halloween”… Y los hay, enfrente, que se permiten el lujo de expresarse así: “¿Que hacía una católica en una fiesta pagana? He aquí el resultado… ¡Espero que Dios, nuestro Señor, la perdone!”.

¡Por el amor de Dios, dejad en paz la memoria de Belén! Los que la entronizan como santa apelan a las virtudes de su familia. Más que hablar de ella, lo hacen de los suyos. Pecan de un excesivo afán por ofrecer un modelo de fe a “la descreída juventud”. Y los que la condenan pecan de una absoluta falta de misericordia. Diría que hasta carecen de alma. ¿Qué Dios la perdone? Por favor, por favor… ¿De qué? ¿Por ir a una fiesta?

Sin conocerla de absolutamente nada, creo que Belén actuó esa noche como una chica normal. Puede ser o no su caso, pero a muchas de las jóvenes de 17 años les gusta divertirse, escuchar música, bailar, tomar algo, conocer a personas nuevas… Que fuera en una fiesta de Halloween es irrelevante. ¿Fiesta pagana? ¡Y qué más da! No era un congreso satánico, sino un espacio para la dispersión, para disfrazarse, para bailar. El problema de fondo, creo que a uno y otro lado, es que muchos cristianos aborrecen el placer. Y éste en sí no es malo, no puede serlo. Todo lo contrario: forma parte esencial de la naturaleza humana, de nuestro instinto. ¿También peca quien hace el amor con su marido? ¡Y eso también es placer! No, no, no, el placer no es malo, no es pecado.

Siento pena de quienes aprovechan una desgracia para calificar de mal e inmoralidad el que los jóvenes salgan de fiesta. La sensualidad, el placer, la pasión, la risa, la sonrisa, la carnalidad, el deseo… Todo eso es vida, vida, vida. Nos llenamos la boca con el derecho a vivir. Pero convertimos la vida en un exclusivo valle de lágrimas. Negar el derecho a vivir terrenalmente cercena la vida, engaña, mata la vida.

Rezo para que ahora mismo Belén esté con Dios. Como las otras tres chicas que murieron miserablemente aquella noche. Como todo el mundo. Como la inmensa mayoría de la gente, que es pura y llanamente normal.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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