
Si pudiera pedir una cosa al nuevo Papa, solo una, no lo dudaría: le rogaría que fuera el Papa revolucionario. A algunos les puede asustar el término, pero sería un auténtico soplo de aire fresco que resultaría providencial en la Iglesia. ¿Y qué es lo que tendría que hacer este Papa revolucionario? Terminar lo que acaba de empezar Benedicto XVI, quien, con su gesto, entre otras cosas, ha retratado la existencia de cuervos, topos y lobos vaticanos. Esto es, sacudir a esta jauría animal y, más allá de la retórica, expulsar de sus cargos de poder a los golfos, sinvergüenzas, hipócritas, falsos, corruptos, ladrones y malvados que no sirven a la Iglesia, sino que se sirven de ella.
El Papa revolucionario sería aquel que huiría del temor a crear “escándalo”, tan dañino en la bimilenaria historia eclesial, y, cogiendo el toro por los cuernos (seguimos con los animales), cesaría fulminantemente a los monseñores que miran más por sí mismos que por el Evangelio. Habría de empezar por los altos cargos de la Curia, continuar por los cardenales y, más allá de los muros de San Pedro, terminar con los obispos, vicarios y sacerdotes dañinos. Lo mismo habría de hacer con los superiores generales de las congregaciones religiosas y con los monjes y monjas caraduras. E ídem de ídem con los miembros de los movimientos laicales que se hayan entregado al cinismo. Y, aunque estuviera fuera de su jurisdicción, al menos dar a conocer la existencia de los cerdos (ya no cito más animales) que se revuelcan en el lodo en el que su ego y su chequera se llenan a espuertas por el solo hecho de tener la etiqueta de católicos “pata negra”. Y tan negra… Toda la corrupción en la Iglesia, que existe, como el Diablo, ha de ser borrada de la faz de la Tierra.
Una vez concluida la obra, ya podría hacer lo que quisiera. Y es que, sin la escoria, el camino a recorrer se vería tan nítido que sería imposible que se perdieran por él los sencillos a los que hoy tanto se teme escandalizar. Es la hora de que el sucesor de San Pedro expulse del templo a los sucesores de Sodoma y Gomorra.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
