(Michael Gerson).- Algunas biografías dan los primeros pasos para demostrar que los santos son simplemente hombres. Las mejores biografías dan el primer paso para demostrar que los santos son hombres al fin y al cabo.
En torno al 200 aniversario el pasado año de la abolición del comercio británico de esclavos, hubo una oleada de libros y una película importante centrados en la vida de William Wilberforce, la principal figura responsable de ese enorme avance moral. La mayor parte de estos esfuerzos fueron inspiradores, pero tendieron hacia el elogio excesivo. Y la adulación — como en ocasiones demuestran los biógrafos de Lincoln — puede miniaturizar un complejo logro político.
Bien, algo tarde pero bienvenido no obstante, William Hague – el Secretario de Exteriores del Partido Conservador de Gran Bretaña — ha compuesto una imagen completa de Wilberforce y sus tiempos. Antes que nada, Wilberforce era un hombre religioso. Pero «William Wilberforce: la vida del gran activista contrario al comercio de esclavos» es un libro político, y gloriosamente. Como figura parlamentaria de relevancia, Hague se encuentra como pez en el agua en el mundo de los distritos electorales inquietos, las coaliciones inestables y las elecciones anticipadas. Como historiador respetado, Hague no pierde de vista el contexto social que modela a los líderes más grandes.
Wilberforce fue una paradoja: un conservador en constante rebelión contra el orden social de su tiempo. Hague explica esa rebelión describiendo vivamente las corruptelas de finales del siglo XVIII. Al comienzo de la carrera de Wilberforce, las elecciones implicaban el soborno a gran escala de los votantes con cerveza inglesa, ron, vino y brandy. Su primera victoria electoral costó el equivalente moderno a un millón de libras: ninguna campaña británica de 2005 costó más de 14.000 libras. Las elecciones incluían con frecuencia la tendencia a la violencia, derivada de la trifulca política o de la plebe. Una vez en el Parlamento, los miembros bebían y apostaban todo el tiempo, con descansos ocasionales para asuntos públicos. La mayor parte de los políticos estaba familiarizada con el Estado del placer de Hazer.
En mitad de esta decadencia en boga, un rico e ingenioso político conservador joven sufría una profunda crisis espiritual — «la noción de mi enorme pecaminosidad al haber descuidado durante tanto tiempo la indescriptible misericordia de mi Dios y Salvador.» Hague toma en serio la conversión religiosa de Wilberforce, describiendo sus consumidoras dudas, su desasosiego y agonía — y su compromiso resultante con un cristianismo evangélico que proporcionó «la fuerza y la voluntad inamovibles para convertirse en uno de los mayores activistas, y liberadores de todo el curso de la historia británica.”
El joven Primer Ministro William Pitt, amigo íntimo, también tomaba en serio los tormentos de Wilberforce, temeroso de perder un aliado político a causa de la «inútil» contemplación religiosa. Fue Pitt quien animó a Wilberforce a aportar su celo espiritual a la esfera política: poner fin al comercio de seres humanos, en barcos conocidos como «parte manicomio y parte burdel.”
Gran Bretaña había sido preparada para la abolición por las objeciones filosóficas a la esclavitud de pensadores como Adam Smith y las objeciones religiosas de predicadores como John Wesley. Pero la justicia es en última instancia un logro político. Para aprobar la Ley de Comercio de Esclavos, Wilberforce y sus aliados inventaron la campaña moderna de presión política, con sus peticiones y sus boicots. En el proceso, crearon una nueva forma de política — el activismo en derechos humanos.
Durante los 45 años de su carrera, Wilberforce fue atacado por radicales económicos y sociales por negarse a apoyar la equiparación de la igualdad para la clase trabajadora británica — una acusación que es cierta. «Wilberforce siguió creyendo — comenta Hague– «que la verdadera revolución necesaria era de valores morales y educación, de forma que la gente pudiera ajustarse al poder superior que pretendía.» Este sigue siendo un rasgo característico conservador.
Pero Wilberforce fue atacado sobre todo por conservadores que defendían la tradición sin valoración moral. Fue variadamente acusado de socavar la economía británica, gratificando a «su humanidad a expensas de los intereses de su país,» y proponiendo «románticos juicios de compasión en el exterior.”
Todo esto guarda una resonancia moderna. Algunos conservadores siguen sin entender que una porción significativa de su coalición, influenciada por la religión, tiene hambre de juicios de valor, desde la protección de la vida inocente hasta la lucha contra las enfermedades globales, pasando por el fin de la esclavitud moderna.
Wilberforce pasó 20 años de decepciones, tenacidad y maniobras en su campaña contra el comercio de esclavos antes de que repentinamente amaneciera la victoria en 1807. Un contemporáneo concluía: «Centenares y miles se verán animados por el ejemplo de Wilberforce… a atacar todas las formas de corrupción y crueldad que azotan a la humanidad.”
La crónica de Wilberforce firmada por Hague debería ser leída por todo estudiante de políticas, para comprender el motivo de que la simple prosperidad y la simple seguridad nunca serán suficientes objetivos de la implicación política evangélica. Y este libro debería ser leído por todo político, para ver qué hazañas de honor son posibles hasta en una vida muy política.
© 2008, The Washington Post Writers Group
