Ante las cámaras del programa “60 Minutes” de CBS, con la experimentada Lesley Stahl como interlocutora, estos veteranos de la inteligencia israelí relataron una historia que podría pertenecer tanto a la realidad como a la ficción.
El escenario inicial de esta crónica se remonta a hace más de una década, cuando el Mossad comenzó a trabajar en un plan audaz: convertir herramientas cotidianas en armas letales. Los dispositivos elegidos fueron walkie-talkies y, más adelante, buscapersonas, artefactos esenciales en las operaciones de comunicación de Hezbolá. Como narró Michael, uno de los agentes, “el walkie-talkie era un arma, igual que una bala, un misil o un mortero”.
La misión comenzó en las entrañas de Israel, donde se diseñaron estos dispositivos explosivos con una meticulosidad quirúrgica. Construidos en instalaciones del Mossad, los walkie-talkies contenían baterías que ocultaban pequeños mecanismos explosivos, pensados para caber en los bolsillos de los chalecos tácticos de los militantes de Hezbolá. Para infiltrarlos en las filas del grupo, el Mossad recurrió a empresas fantasma que se hacían pasar por proveedores de confianza. En poco tiempo, Hezbolá había adquirido más de 16,000 de estos dispositivos, convencidos por un precio que no levantó sospechas.

La primera fase del operativo culminó el 18 de septiembre, cuando los walkie-talkies se activaron simultáneamente. Pero el golpe no terminó allí. El siguiente objetivo fueron los buscapersonas, dispositivos que los miembros de Hezbolá llevaban consigo constantemente. Gabriel, el otro agente entrevistado, relató cómo descubrieron que estos aparatos provenían de Gold Apollo, una empresa taiwanesa. Con esa información, el Mossad diseñó buscapersonas equipados con explosivos, calibrados para afectar solo al portador.
“Probamos todo, triple, doble, múltiples veces para asegurarnos de que haya el mínimo daño”, subrayó Gabriel, quien tuvo que convencer al director del Mossad, David Barnea, de la viabilidad de los aparatos a pesar de su tamaño mayor.
El desenlace fue un caos calculado. El 17 de septiembre, las explosiones de los buscapersonas sacudieron Líbano, dejando a miles de terroristas heridos. La confusión se transformó en paranoia colectiva: “La gente tenía miedo de encender los aparatos de aire acondicionado”, reveló Michael. Y cuando las detonaciones de los walkie-talkies se activaron al día siguiente, algunas de ellas durante los funerales de los muertos del día anterior, el impacto psicológico fue devastador.
Para el Mossad, el objetivo no era simplemente matar. Como explicó Gabriel, “si está muerto, pues está muerto. Pero si está herido, hay que llevarlo al hospital y cuidarlo. Hay que invertir dinero y esfuerzo. Esas personas sin manos ni ojos son la prueba viviente de que no hay que meterse con nosotros”.
El ataque también fracturó la moral de Hezbolá. En su discurso posterior, el líder del grupo, Hassan Nasrallah, se mostró visiblemente afectado. “Si lo miras a los ojos, estaba derrotado”, recordó Gabriel, quien aseguró que Nasrallah presenció cómo algunos de sus hombres, con buscapersonas al costado, cayeron ante sus propios ojos.
La operación marcó un punto de inflexión en el conflicto, preparando el terreno para una escalada de ataques israelíes que culminaron con la eliminación de Nasrallah. En las palabras finales de Gabriel, “ese fue el momento en que ganamos la guerra”. Lo que comenzó como una idea arriesgada en un laboratorio secreto terminó por transformar el curso de una batalla que va mucho más allá de lo que podría imaginar cualquier ficción.


