La imagen es contundente: un presidente estadounidense proclamando que convertirá el estrecho de Ormuz en «territorio de Estados Unidos», mientras su Ejército presume de haber golpeado más de 13.000 objetivos en Irán y de haber arrasado la inmensa mayoría de sus defensas antiaéreas, su industria armamentística y buena parte de su programa nuclear.
No es una amenaza aislada: es la culminación de casi seis meses de guerra abierta entre Washington y Teherán, y la prueba de que Estados Unidos ya no solo bombardea instalaciones iraníes, sino que empieza a comportarse como si fuera su dueño.
🚨 BREAKING: President Trump announces to the world there are NO NEGOTIATIONS with Iran, and that the Strait of Hormuz is OPEN
He's refusing to back down.
"There are no talks or conversations going on, or scheduled, with the Islamic Republic of Iran. The Naval Blockade remains… pic.twitter.com/KKzOyPHiaz
— Eric Daugherty (@EricLDaugh) August 18, 2026
Qué ha dicho Trump y por qué importa
En un mitin reciente, Donald Trump aseguró que, «una vez que terminemos de derrotar a Irán, que está siendo muy gravemente derrotado», declarará el estrecho de Ormuz «territorio de Estados Unidos», y ha insistido en la idea de rebautizarlo como «estrecho de América» —o, según otras declaraciones suyas, incluso «estrecho de Trump»—. La amenaza no es nueva: ya en marzo dijo que Washington «tomaría el control» del paso, y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, llegó a hablar de una toma de control «gradual». A eso se suma la advertencia directa a Omán de que podría bombardear el país si «se interpone» en las operaciones sobre el estrecho.
Irán ha respondido con desprecio. Su viceministro de Exteriores replicó que el estrecho «no puede tomarse con un tuit, ni con un portaaviones, ni con un decreto, ni con un discurso de campaña», y la Guardia Revolucionaria (IRGC) advirtió de que Ormuz «no se abrirá a los enemigos de esta nación mediante el ridículo espectáculo del presidente de Estados Unidos». Los expertos en derecho marítimo coinciden en que la declaración carece de recorrido legal: según el derecho estadounidense, una proclama presidencial no basta para anexionar territorio, y la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar limita a 12 millas náuticas cualquier reclamación de mar territorial. Jurídicamente, es papel mojado. Militarmente, es harina de otro costal.
El Pentágono, dueño de facto del cielo y el mar iraníes
Porque aquí está la clave que distingue esta amenaza de una simple bravuconada: el aparato militar sobre el que Trump dice que va a declarar soberanía ya casi no tiene con qué defenderse. Desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la «Operación Epic Fury» el 28 de febrero de 2026 —con un primer golpe que mató al propio líder supremo, Ali Jamenei, sucedido después por su hijo Mojtaba Jamenei—, las fuerzas estadounidenses han golpeado más de 13.000 objetivos en territorio iraní. El resultado, según balances militares citados por medios especializados: en torno al 80% de las defensas antiaéreas de Irán destruidas, más de 450 instalaciones de almacenamiento de misiles balísticos arrasadas, cerca del 90% de sus fábricas de armamento fuera de servicio, más del 80% de sus instalaciones de producción de misiles inutilizadas y casi el 80% de su base industrial nuclear golpeada.
En el mar, el Pentágono llegó a anunciar en marzo que había «destruido la Armada iraní y matado a todos sus altos mandos», y Trump afirmó que 158 buques de la marina de guerra iraní habían sido destruidos —«solo quedan operativas pequeñas embarcaciones rápidas de ataque», llegó a decir—, además de 16 dragaminas hundidos en los primeros días de la ofensiva. Desde el 13 de abril, la Marina estadounidense mantiene además un bloqueo declarado sobre la totalidad de la costa iraní, con más de 10.000 militares desplegados, más de una docena de buques de guerra y decenas de aviones, avisando de que cualquier embarcación que entre o salga de esa zona sin autorización «está sujeta a interceptación, desvío y captura». Solo entre mediados y finales de abril, la Armada estadounidense interceptó a más de 90 barcos y llegó a apresar o inutilizar al menos tres. Con las defensas terrestres desmanteladas y la marina prácticamente neutralizada, la pregunta de quién controla realmente el espacio aéreo y marítimo iraní tiene, hoy, una respuesta bastante clara.
Pero Irán no se ha quedado callado del todo
Conviene no exagerar en sentido contrario: la propia Casa Blanca ha hecho afirmaciones que analistas y verificadores han señalado como engañosas, como la de Trump asegurando en marzo que «el ejército de Irán había sido destruido» por completo. La realidad es más matizada. Irán ha logrado golpear al menos 16 bases estadounidenses en la región, entre ellas la sede de la V Flota en Baréin —con daños que podrían rondar los 200 millones de dólares en reparaciones— y la base aérea de Al Udeid en Catar, destruyendo sistemas de radar avanzados y alterando redes de mando. En julio, además, Irán demostró que conservaba capacidad ofensiva al atacar tres buques comerciales que se habían desviado de la ruta previamente autorizada, rompiendo el memorando de entendimiento de 14 puntos que Washington y Teherán habían firmado el 17 de junio con la intención de poner fin formal al conflicto en un plazo de 60 días. Ese plazo expiró el 17 de agosto sin que se alcanzara un acuerdo definitivo, lo que explica la nueva escalada retórica de Trump sobre Ormuz.
Un cuello de botella energético en medio del conflicto
El estrecho de Ormuz concentra en torno a una quinta parte del petróleo que se transporta por vía marítima en el mundo y una parte esencial del gas natural licuado. El impacto en los mercados ha sido severo: el barril de Brent superó los 100 dólares por primera vez en cuatro años a principios de marzo, llegando a rozar los 126 dólares, mientras el crudo de Dubái marcó un máximo histórico de 166 dólares el 19 de marzo. La Agencia Internacional de la Energía llegó a liberar 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas para contener el golpe, en lo que se ha descrito como la mayor disrupción del suministro energético mundial desde la crisis de los años setenta.
- Mercados energéticos: los precios reaccionan a cada episodio de la guerra, con picos históricos ya registrados en marzo.
- Rutas alternativas: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Omán buscan desviar exportaciones por oleoductos internos y puertos como Duqm, Salalah o Sohar, algunos de ellos ya alcanzados por ataques con drones.
- Consumo y política interna: en Washington conviven el discurso de firmeza de Trump y las advertencias de mandos militares sobre los riesgos de una escalada prolongada.
Actor | Interés principal | Riesgo inmediato |
Estados Unidos | Control estratégico del estrecho | Guerra prolongada, coste económico y militar |
Irán | Soberanía, levantamiento de sanciones | Colapso económico y protestas internas |
Omán | Estabilidad, papel de bypass logístico | Ser arrastrado al conflicto |
Europa y Asia | Suministro energético estable | Recesión por shock de precios |
Irán: la economía bajo asedio y el miedo a las protestas
Mientras se discute quién controla el mapa, la población iraní sufre las consecuencias directas. El FMI estima que la economía iraní se contraerá un 6,1% en 2026, con una inflación anual que podría rozar el 68,9%; en mayo, la inflación mensual llegó al 8,8%, y los precios de los alimentos se dispararon más de un 115% interanual en abril. El rial se ha desplomado hasta cerca de 1,9 millones de unidades por dólar, perdiendo más de la mitad de su valor en un año. El golpe más duro lo ha sufrido el sector petrolero: las exportaciones de crudo, que rondaban los 2,1 millones de barriles diarios antes de la guerra, cayeron a cero en mayo de 2026, y los ingresos por exportación se hundieron por debajo de los 200 millones de dólares mensuales, frente a una media prebélica más de veinte veces superior.
Las autoridades iraníes temen tanto o más un nuevo ciclo de protestas masivas como los propios bombardeos: ya a finales de 2025, antes de que estallara la guerra, el cierre de comercios en protesta por la crisis económica había desencadenado manifestaciones que el régimen reprimió con dureza. Con la economía todavía más debilitada por el conflicto, el bloqueo y el colapso de las exportaciones, ese descontento social sigue siendo, para Teherán, una amenaza tan real como los misiles.
Escenarios de evolución
Con el memorando de junio ya incumplido y el plazo del 17 de agosto vencido sin acuerdo, tres escenarios parecen plausibles: la consolidación de un control de facto estadounidense sobre el tráfico del estrecho, sin que llegue nunca a formalizarse jurídicamente; una nueva escalada regional, con ataques a barcos, oleoductos o bases que arrastren a aliados de Estados Unidos como Arabia Saudí u Omán; o un acuerdo incómodo que reabra Ormuz bajo algún tipo de supervisión internacional a cambio de alivio parcial de sanciones. Sea cual sea el desenlace, la amenaza de rebautizar el estrecho como «territorio de Estados Unidos» ya ha cumplido su función más inmediata: dejar claro, mapa en mano, quién ha ganado la guerra sobre el terreno, aunque el derecho internacional diga otra cosa.
