“El vocablo “héroe” sólo lo merece y prestigia ese ser anónimo que, además de estar dispuesto a extraer todo su jugo (enajenar, donar o ceder hasta su última gota de sangre), se cerciora de que la/s persona/s por la/s que va arriesgar su misma piel (exponer su alma, cuerpo y existencia) nunca predicará/n su nombre ni aireará/n su hazaña”.
Emilio González, “Metomentodo”
Otro de los males (o, acaso, una cara, careta, faceta, variante o versión distinta del mismo mal) de estos comienzos de siglo y milenio que aqueja a muchos de nosotros es la soberbia, pues somos o conformamos una legión (o dos, o…) los que la exudamos sin medida y fuera de tiempo y lugar; ese habitual hálito de superioridad que nos empeñamos en exhalar por doquier, incluso cuando ya se agotaron el plazo y las plazas.
En esta sociedad nuestra, en la que la suciedad interior lucha a brazo partido por conquistar la exterior, y viceversa, donde la saciedad ya no harta a casi nadie, hay más villanos que biplanos y más héroes que proezas y, asimismo, como advirtiera, dejara sentado y/o sentenciara Honoré de Balzac a propósito del mismo asunto, en el especialísimo “cronotopos” que le tocó en suerte vivir, aquí también “hay más santos que hornacinas”.
Hildegarda de Bingen (1098-1179) dejó escrito que “el arte de ser un verdadero ser humano consiste en convertir nuestras heridas en perlas”. Teniendo en cuenta o presente, tal vez, el susodicho pensamiento de la mentada religiosa benedictina, abadesa y santa alemana, Elvira Gómez, “Metáfora”, la negra preferida y predilecta de Emilio González, “Metomentodo”, urdió aquello de que “sólo consigue obtener y renovar a diario el carné de buen ciudadano, de excelente persona, quien, jornada tras jornada, logra ayudar a levantarse a un nuevo semejante o prójimo que había tropezado y caído, quien, una vez puesto en pie, se da cuenta del aspecto mágico o milagroso que gravitaba sobre el suceso en cuestión o de marras, que él, ora Unamuno, ora “Otramotro”, era ambos protagonistas o sujetos, el ayudador y el ayudado, el uno y el otro, pero en distintos momentos o planos”.
Ángel Sáez García
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