El viernes pasado, por la noche, volvió a “¿Dónde estás corazón?”, de Antena 3, Raquel Mosquera. La susodicha no está loca ni a la cola (que no es mentecata, vamos), si nos atenemos o hacemos caso a cómo se coloca, quiero decir, a cómo se ubica, sitúa o pone delante de las cámaras de televisión. Insisto en que no ha perdido la chaveta, porque, sólo previa conformidad con la cantidad que recogía el talón o cheque que obraba en su bolsillo, accedió al chequeo y, asimismo, porque eludió cuantos zarpazos intentaron infligirle, sin ninguna conmiseración, tigres y tigresas, saliendo del comprometido encuentro indemne, sana y salva, ilesa. Bajó al foso de las fieras tan campante. Al cabo de un buen rato, aquél parecía más bien el foso de las ferias o la fosa de las fieras. Tan a gusto se encontraba allí la peluquera, quien, debido a su oficio, está habituada a tomar impunemente el pelo a la peña.
Durante todo el tercer grado, la Mosquera tuvo la mui muy a punto y afilada, quiero decir que estuvo de verbo fácil, indeleble, y, en concreto, de expresión inmarchitable, pintiparada, cuando a la formulación de una cuestión insoluble Raquel salió por peteneras: “No soy Rappel, soy Raquel”. Hubiera hecho bien, lo correcto y aun apropiado, si hubiera aprovechado la ocasión (que, cuando se aleja, vista de espaldas, los artistas siempre la pintaron calva) explorando la mina y explotando el filón, la mena, o sea, continuando su ironía o sarcasmo, verbigracia, de esta guisa: “No soy ninguna moscona o mosca cojonera, soy la Mosquera”.
Ángel Sáez García
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