EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XLV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Por no repetirme (ya sabes qué opino sobre el amor y el humor; que son la doble conditio sine qua non o los dos requisitos fundamentales, imprescindibles, necesarios, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, ya que, mientras que, por separado, el primero ayuda a comprender y el segundo contribuye a aguantar, juntos, al alimón, de consuno, mancomunadamente, consiguen o logran que podamos perdonar), te (ur)diré lo que una legión (conformada por ellas y ellos), antes de que lo haga, dentro de unos segundos, el menda, trenzaron, con las mismas o parecidas palabras, que prefiero reír a llorar. ¡Son tantos los casos deplorables que advierto hoy en España (Descontrolandia, Dislatelandia,…) que prefiero sonreírme, reírme y hasta carcajearme a lagrimear (que no es mear lágrimas, no, pero casi)!
Te he dado y daré (intuyo, sospecho) muchas gracias por diversos motivos. Hoy te las daré porque no he parado de reírme desde que he leído que iba siendo hora de que te soltaras “tu larga cabellera al viento” (¡mira que eres coñón, un redomado zumbón!).
¡Cuánta alegría habría experimentado Ruth (sus deudos y amigas/os y la opinión pública y publicada, siempre que esta estuviera conformada por personas de bien), si hubiese hallado a sus hijos Ruth y José sanos y salvos! Mientras viva, la muerte de sus dos hijos pesará como sendas losas sobre la conciencia del cobarde y vengativo (hasta el extremo de devenir en infanticida) José Bretón.
Reconozco sin ambages que no soy capaz de seguir en este caso, estomagante, repugnante, la segunda parte de la recomendación que dejó escrita en letras de molde doña Concepción Arenal Ponte, buida feminista: “Odia el delito y compadece al delincuente”. Si “compadecer” significa “padecer con”, “simpatizar o empatizar con”, no logro llevar a cabo tal acción.
Con “parte” puedo referirme desde una metáfora, pasando por un símil sorprendente o un inmarcesible calambur, a una inopinada tesis, con la que coincido íntegramente (me pregunto cómo no se me pudo ocurrir antes a mí). Pero podría haber salido por otros derroteros y ser tan válidos como el que acabas de leer.
Al resto de tus preguntas te responderé por boca (o, si lo prefieres, pluma o teclado de computadora) ajena.
Te recomiendo que leas (a ser posible, de cabo a rabo) la tribuna titulada “Crítica de la crítica” que hoy, sábado, 13 de julio de 2013, en El País, firma Fernando Aramburu, autor a quien sigo desde que cayó en mis manos su primera novela, “Fuegos con limón”, una delicia, una perita en dulce. Dejo aquí constancia del arranque de su tercer párrafo:
“Los lectores habituados a departir sobre libros con otras personas saben que no existe una sola lectura acertada. A diario comprobamos que la misma obra puede haber hecho las delicias de un lector y sumido en el tedio a otro. Puestos a razonar tan dispares impresiones, acaso caigamos en la cuenta de que ambas son plausibles. Esto es así porque no existe lo que pudiéramos llamar lectura objetiva. El fuego quema por igual a todo el mundo; en cambio, una obra compleja genera reacciones disímiles, puede que hasta opuestas, sin que por dicha circunstancia ninguno de sus lectores deje de tener razón, si bien no puede negarse que habrá sido más afortunado quien haya entendido y disfrutado más (…)”.
Te saluda, aprecia y abraza (los siete lectores que nos suelen leer a diario tal vez entiendan hoy la razón, el porqué)
Ángel Sáez García
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