El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Dos verdades indudables

DOS VERDADES INDUDABLES

“La libertad no es un estado, sino un proceso. Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe…; solo la cultura da libertad… No proclaméis la libertad de volar, sino la de dar alas; no la de pensar, sino la de dar pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura; solo la imposición de la cultura lo hará dueño de sí mismo, que es en lo que la democracia estriba”.

Miguel de Unamuno y Jugo, que adujo estas sabias palabras, entre otras, en un discurso memorable que pronunció en el Ateneo de Valencia el 24 de abril de 1902.

Desde que leí el “Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias” (ese es el título completo de la obra), de René Descartes (me prestó un ejemplar, para que lo leyera durante un fin de semana, Francisco Páez, a quien sus alumnos llamábamos cariñosamente “Pacopa”, el profesor que nos impartió Filosofía en COU), no he olvidado su proverbial latinajo “cogito ergo sum” (“pienso, luego existo”), ni el partido que suelo sacarle a la duda siempre que debo llevar a cabo un trabajo intelectual, ni dos de sus pareceres inmarcesibles, indelebles: “No he hallado una mujer cuya belleza pueda compararse a la de la verdad” (pensamiento con el que, si exceptuamos los días en que anduve enamorado hasta las trancas de alguna de las diversas féminas de las que a lo largo de mi vida lo he estado de veras, jamás de los jamases he discrepado) y “No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. Algunos años después, mientras estudiaba Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, apunté en mi cuaderno de notas esta frase de José Ortega y Gasset, que se la escuché decir un día en clase a uno de mis profesores, José-Carlos Mainer Baqué, doctor en Literatura Española, y venía a completar, complementar y confirmar o ratificar lo dicho y escrito siglos antes por Renatus Cartesius: “Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”.

Desde que leí el cartesiano “Discurso del método”, tengo para mí que son pocas mis verdades apodícticas, incondicionalmente irrefutables, quiero decir, que estoy seguro de muy escasas certezas. De entre ellas, acaso convenga destacar dos: una, los días que consigo hallar por la tarde la versión definitiva (y sacar una copia y subirla a mi bitácora y guardarla como borrador en las varias direcciones de correo electrónico que manejo) del soneto o la décima/espinela, cuya primera versión, por lo general, he trenzado mentalmente, estando tumbado en la cama (y es que, como padezco insomnio, procuro aprovechar los ratos que ando despierto para versear), de madrugada (acostumbro a levantarme del catre para pasarlo/a a un papel, porque los días que no hago tal cosa, luego, cuando decido ponerme a ello, usualmente antes de desayunar, o no lo/a recuerdo del todo o, inopinadamente, lo/a he olvidado), son mejores que los que no logro dicho reto; y dos, los días que no he bajado y subido dos veces (una, por la mañana; otra, por la tarde) de la biblioteca pública y no he dado, después de cenar, el paseo habitual de veinte minutos, tienen al día siguiente la misma y lógica consecuencia: mi tensión arterial diastólica (soy hipertenso), que me suelen tomar con suma amabilidad y solicitud en la farmacia “Pascual” Merche, la dueña, o sus diligentes dependientas Charo, Raquel y Sonia, ronda el sobresaliente 9.

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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