El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tú fuiste el corrector de mis excesos/defectos

TÚ FUISTE EL CORRECTOR DE MIS EXCESOS/DEFECTOS

AL ÚNICO MECENAS QUE HE TENIDO

Dilecto José Javier:

Aunque di mis primeros pasos o hice mis pinitos literarios durante mi estancia (que abarcó los tres últimos cursos de la Educación General Básica, E. G. B., de Sexto a Octavo) en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), donde fui convenientemente asesorado y guiado en el bello arte de juntar palabras por varios religiosos Camilos (Jesús Arteaga, Pedro María Piérola, Ezequiel Julio Sánchez), en cuyas (inencontrables, hoy) revistillas colaboré con crónicas (sobre todo) y algunos relatos, empecé a trenzar textos con cierta asiduidad y/o regularidad (decantándome, claramente, por la vertiente poética; ignoro la razón, pero acaso el verso libre se acomodaba, ajustaba, brindaba o encajaba mejor que la prosa con las emociones, sensaciones y sentimientos que vertía entonces en aquellos, mis primeros, poemas), tras la triste ocasión de tu inesperado óbito.

Así que no te extrañe leer una vez más (y van ni se sabe; ya habrás perdido la cuenta) lo obvio, la verdad; que, a lo largo y ancho de mi existencia, si no siempre, casi siempre que me han preguntado por el motivo a partir del cual empecé a escribir haya contestado lo mismo, que esa razón radica o estriba en tu muerte; que el verdadero acicate que me espoleó a empuñar la péñola (un bolígrafo) y a firmar las urdiduras (o “urdiblandas”) que coronaba fue la ausencia del único mecenas que, hasta este momento, he tenido en mi vida, la falta del amor fraterno, no del sexual, pues no me inicié en el mundo de las letras por una musa, sino por un muso, tú.

Creo que (para que nadie pudiera colegir, de manera indebida, que servidor había dado en orate) nunca llegué a escribir sobre esto, que a la sazón me seducía, sucedía o llegué a pensar, que tú y yo vivíamos en el mismo cuerpo, el mío. Tener constancia de que la mentada, que no lamentable, doble existencia en mi anatomía, si no era real, lo parecía, es la que propició, muchos años después, que, cuando murió nuestra madre, Iluminada, que era quien encargaba y pagaba las misas y no faltaba ningún 25 de mes a la eucaristía que celebraba el sacerdote por la tarde en la iglesia parroquial, en memoria tuya y del papá, dada su mera imposibilidad de continuar con dicha costumbre, retomara yo su hábito y le cediera gustoso o prestara de buena gana y grado mi cuerpo para que ella siguiera asistiendo, mientras yo viviera, a dichas misas.

No sé si eres consciente del máximo provecho que intenté sacarles a los dineros que me solías entregar con alguna frecuencia. Con ellos compré libros, muchos libros; algunos los adquirí al precio irrisorio de 25 pesetas cada uno (una ganga). Hice mal en no leerlos todos, pero los que leí y releí con más gusto me ayudaron a amueblar mi mente y a que hoy pueda agradecerte tu generosidad (tuviste en nuestra progenitora a una buena maestra) de corazón.

Te recuerda casi a diario tu hermano,

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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