El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Fue su segundo abrazo la caraba

FUE SU SEGUNDO ABRAZO LA CARABA

Atento y desocupado lector (sea ella o él):

Quien decide adentrarse en el luengo, lato y alto bosque del conocimiento humano, quien da sus primeros pasos en esa aventura de concienzuda exploración y coherente explotación, pronto toma conciencia de esta evidencia, que, conforme más sabe (en uno o en varios ámbitos o terrenos), más parecen alargarse, ensancharse y profundizarse los límites de cuanto desconoce.

Hay muchas personas (hembras y varones) que no entienden por qué me he enamorado, a lo largo de mi existencia, de las mujeres que lo he hecho y, sobre todo, por qué me cuesta tanto desenamorarme de ellas cuando la relación de pareja ha finalizado. Bueno, pues a mí lo que no me cabe o entra en la cabeza es por qué los demás (mujeres y hombres) no se han enamorado de las féminas que me han embelesado o encandilado, porque no encuentro una sola razón de peso para que, o por este, ese o aquel motivo por separado, o por dos de ellos, o por los tres, no hayan hecho lo mismo que yo, enamorarse hasta los tuétanos de ellas (siempre que las hubieran conocido y tratado, claro), pues no son conscientes de las surtidas colecciones de emociones y sensaciones, pensamientos y sentimientos que se han perdido. En lo tocante a lo inconcuso, que me cuesta desenamorarme, lo que no me cuadra o encaja a mí es cómo puede dejar de amar, de un modo tan raudo (sé de casos en los que eso ocurrió en el mismo acto de la ruptura), quien amó, si dicho amor fue de veras y no de pega.

Pondré un ejemplo clarificador. A mí me llamó la atención Isis, mi admirada y amada musa tinerfeña, porque culminó lo que le conviene coronar a quien desea instruirse, callar a fin de escuchar atentamente, propedéutica para lograr aprender. Seguramente, esa actitud suya propició que servidor rememorara el aleccionador, célebre e irónico pensamiento de Diógenes Laercio que dice de esta guisa: “Callando se aprende a escuchar, escuchando se aprende a hablar y hablando se aprende a callar”.

Me cautivó que fuera una lectora empedernida y que hubiera leído autores y obras cuyos nombres, apellidos y títulos ni me sonaban. Así que volví a llamarme ignorante, vocativo que no es un insulto, no, sino la triste y constante constatación de una realidad sin sombra de duda ni contradicción, aunque a mucha gente le disgusta, fastidia y hastía que se lo llamen. Servidor reconoce sin ambages que lo es (y, tal vez, también el lector, ella o él, de estos renglones torcidos). Lo referido me hizo recordar, a su vez, una afirmación que vertió Julio Cortázar en “Rayuela”: “La falta de experiencia es inevitable, si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa”.

Ahora bien, el gesto, (exagero a sabiendas) una gesta, que facilitó que cayera rendido a los pies de Isis, que me enamorara hasta las trancas de ella, fue el primer abrazo que me dio. El segundo, que vino a confirmarlo o ratificarlo, fue la caraba, la reoca, la repanocha.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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