El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Lecciones memorables, por jugosas

LECCIONES MEMORABLES, POR JUGOSAS

   “—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuanto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

   Miguel de Unamuno y Jugo en su obra “Amor y pedagogía” (1902) pone en boca de uno de sus personajes, don Fulgencio, estas palabras.

   Dilecta Iris:

   Recuerdo, casi casi fielmente, la contestación que me diste a esta pregunta que te hice otrora: ¿Crees que la fuerza de la sangre, o sea, los lazos familiares son más firmes, fuertes y seguros que los de la amistad? “Como cada quien cuenta la feria según le fue en ella, por propia experiencia, he de comentarte que ni siquiera el vínculo del más duro, maduro y puro amor es irrompible”.

   Inferí (ignoro si acertada o equivocadamente) de esa respuesta tuya que hacías una gradación (pero, insisto, no sé si atiné o marré). Según deduje, colocabas el sentimiento amoroso por encima de la amistad (porque el esposo, ella o él, ha de cumplir, imprescindible y necesariamente, el papel de amigo fiel y leal, barruntaba, si una/o pensaba dar el paso de casarse, suponía) y del parentesco (¿salvo que se tratara del marido/mujer e/o hijos, hembras o varones?).

   Como me ocurre con/en el resto de los ámbitos personales, reivindico mi derecho a poder disponer de mi propia capacidad racional para establecer, por propia iniciativa, libremente, mi escala de prelación o prioridades en el mundo afectivo. Intuyo que lo propio te sucede a ti, como a cada quisque.

   No sé si a ti te pasó conmigo lo que a mí sí me pasó contigo la primera vez que hablamos y congeniamos, que tuve la sensación de que cuanto te contaba, y no estaba seguro de si lo había dicho como convenía, tú lo había entendido (cor)rectamente e interpretado a la perfección. Bueno, pues a esa prístina sensación estupenda le siguió, tras la segunda vez que coincidimos en el espacio y el tiempo y departimos primorosamente, otra impresión más gozosa aún, por imprevista. Dado mi largo peregrinaje de incomprendido, me brotó o nació en la mente la certeza de que, por fin, alguien me comprendía enteramente, tú, Iris.

   La tercera vez que le dimos de lo lindo a la mui (yo, al menos, identifiqué que acarreaba un extraño nerviosismo en el estómago, como si una bandada de mariposas anduviera revoloteando en su interior, vacío), como dicen que hacen las almas gemelas, te narré en un breve epítome o resumen improvisado (en el que no faltaron los más llamativos o sugerentes chispazos) mi vida y milagros (no los que había realizado yo, que no soy ni Dios ni santo, tampoco mala persona, sino los que distintos galenos, de diferentes especialidades, hubiera habido intermediación divina o no en el quirófano, hicieron con y en mi cuerpo). Y tú, grosso modo, sin poner objeciones o trabas a contar verdades, hiciste tres cuartas partes de lo mismo.

   Estando de cháchara (lo frívolo suele mezclarse con, preceder o seguir a lo enjundioso) contigo la quinta vez (ya sabes las dos paremias patrias más habituales al respecto: a la quinta va la vencida y no hay quinto malo), comprobé la vigencia de los diálogos certeros que Antoine de Saint-Exupéry ideó e incluyó en su obra “El principito” (un largo cuento para niños, pero que saborean más cuando lo releen siendo adultos), cada vez que ha caído en mis manos le he extraído su jugoso zumo. Bastó con que recordara las sabias y memorables lecciones que el zorro le imparte al muchachito para que estas me empujaran a verte, Iris, irrepetible, única, y a sentirme a tu vera ídem, único.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído