¿INTUITIVO? ¡JOSÉ ORTEGA Y GASSET!
Como entre los comentaristas y exégetas (ellas y ellos) que se han ocupado de leer, releer y estudiar a conciencia las obras del insigne conferenciante y memorable fundador de la Revista de Occidente (1923) los hay de reconocido prestigio y probada solvencia, tal vez los más críticos con el hacedor de “Meditaciones del Quijote” (1914) estén en lo cierto y uno acabe abundando en el parecer con ellos y reconociendo que José Ortega y Gasset (1883-1955) no fue un filósofo sistemático, pero servidor no se atreverá a negar lo obvio, que fue un pensador intuitivo.
Yo he recordado, cada vez que la situación lo requería y, en mi modesto criterio, era oportuno y venía a cuento, esa famosa frase de Rudyard Kipling en la que quien recibió el premio Nobel de Literatura en 1907 sostiene lo que comparto y tengo para mí por verdad radical e incontrovertible, que “la intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”. Ahora bien, como no he olvidado lo que nadie ha contradicho o refutado hasta el momento presente, que no hay regla sin excepción, a mí me gustaría añadir al atinado adagio kipliniano, kiplinguiano o kiplinguesco (o como deba decirse y escribirse), un cometa, hoy, por primera vez, si no marro (tengo buena memoria, pero no soy el memorioso e inmarchitable Ireneo Funes, inolvidable personaje literario que concibió el magín de Jorge Luis Borges, que, más que gozar, sufría de hipermnesia, un síntoma del síndrome del sabio), esta estela a su larga cola: salvo que ese varón sea y/o se llame José Ortega y Gasset.
He dejado escrito lo que cabe leer una y ene veces más (tantas como se quieran) por este argumento de peso, porque cada día encuentro más razón de ser a su frase más célebre: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Como no hay profesor ni maestro que aventaje en actitud didáctica y aptitud pedagógica al proverbial fray Ejemplo, pondré uno, cinematográfico, clarificador. La película “Descubriendo a Forrester” (2000), dirigida por Gus Van Sant, que me encanta y exhibiría, seguramente, cada inicio de curso en mis clases de Literatura (lo propio haría, asimismo, con “El club de los poetas muertos”, 1989, de Peter Weir, y “El club de los emperadores”, 2002, de Michael Hoffman), si ejerciera de profesor de dicha asignatura en un Instituto de Enseñanza Secundaria, es aleccionadora y un epítome de cuanto he referido unas líneas más arriba. Y es que considero que algunas obras del séptimo arte son estupendas herramientas, o sea, piezas educativas inigualables, para complementar la tarea asignada o completar el puzle, enseñar literatura. No debemos olvidar que todas se basan en un guion, texto escrito, original o adaptado. Para no repetirme, mando al atento y desocupado lector al texto que publiqué el pasado 11 de febrero en mi bitácora y rotulé así, “¿Por qué me enamoré al instante de Iris?”, donde en la segunda parte del mismo doy las claves y explico, grosso modo, por qué los dos protagonistas se salvan mutuamente varias veces a lo largo de dicho filme.
Ángel Sáez García