El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

«Que veinte años no es nada», canta el tango

“QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA”, CANTA EL TANGO

“Sentir / que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada / errante en las sombras / te busca y te nombra”.

Versos de “Volver”, tango cuya letra compusieron en 1934 Carlos Gardel y Alfredo Le Pera.

Aunque todavía no me han inyectado la segunda vacuna de Pfizer (si todo va, según lo previsto, eso ocurrirá o sucederá, Deo volente, esta tarde, a partir de las 14 horas y 50 minutos, poco más o menos, tres semanas cabales después de que me inocularan o pusieran la primera dosis de Comirnaty en el mismo lugar donde me citaron la primera vez, el polideportivo de Jesuitas, en Tudela), ya hace más de diez días que contraté por Internet (no sin dificultades, pero bienvenidos todos los óbices u obstáculos colocados o las trabas puestas a cuantas/os intentan aprovecharse de los incautos que compramos en la red, ellas y ellos) mi paquete vacacional, con el mismo destino, el habitual, durante los últimos veinte años, Tenerife, la mayor de las Islas Afortunadas, donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, y, asimismo, donde la presencia de mi musa chicharrera, Iris, Amanda, otro volcán, colma todo espacio donde ella se halle de dicha sin igual ni parangón. Este año, por la pandemia diuturna de la covid-19, he decidido o me he propuesto ser un ápice o pizca más coherente y prudente de lo que ya era. Si no hay inconveniente que las entorpezca, tendrán lugar más tarde de lo acostumbrado, durante la última semana del verano y la primera del otoño (esto es, del 15 al 29 de septiembre, ambos días inclusive).

Reconozco que estoy muy ilusionado, pero juzgo que acierto, que doy de lleno en el blanco o centro de la diana, al no darles a todas las ilusiones que me brotan, sin parar, curso, no vaya a ser contraproducente, pues puedo llevarme un revolcón en toda la regla, un revés morrocotudo, si, a la postre, tengo que llamarme, siendo justo conmigo, con mi proceder, por haber acopiado, coleccionado o cosechado un rosario o sinfín de fiascos o fracasos, iluso.

Como solía aducir mi piadoso progenitor, Eusebio, “la experiencia es la madre de la ciencia”. Y, si hacemos lo conveniente y/u oportuno, escuchamos con atención a esa excelente maestra que es la historia (de cada cual), lograremos extraerle lecciones adecuadas.

La primera vez que volé a Tenerife, en el estío de 2001, me hospedé en el mismo hotel donde he contratado una habitación para las dos semanas de asueto de este año. “Que veinte años no es nada”, canta el tango. Recuerdo que elegí el mismo título para rotular el soneto que urdí al objeto de conmemorar el 30º aniversario de nuestra promoción de Filología 1982-1987, que celebramos el sábado 4 de noviembre de 2017 en Zaragoza. Como llevaba por entonces una vida monacal (con los obligatorios confinamientos por la dichosa pandemia, tengo la impresión refractaria de haber perseverado en dicho modus vivendi) me divertí un montón. Y es que, como dijo y dejó escrito en letras de molde Baltasar Gracián y Morales, “esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.

El primer día de nuestra estancia en el Puerto de la Cruz (ciertamente, empezó siendo de cara, sí, pero terminó siendo, sin duda, al menos para mí, de cruz, cuando, por la noche, durante la cena, empecé a notar los tembleques, anunciadores de nada bueno, como de esa guisa devinieron o resultaron ser) acudimos a los lagos Martiánez. Allí estuve, durante horas, sobre el agua, boca arriba y boca abajo. Yo, novato, no hice el caso que debí a las voces de la experiencia, a los expertos en tales lides, mi hermano Jesús María, mi cuñada Elena y mis amigas Marisa y Yolanda, que insistieron, una y otra vez, en que me diera (me dieran) crema protectora contra los rayos del sol (allí, africano, como, al día siguiente, me iteró y recalcó el farmacéutico que me atendió cuando entré en su establecimiento para comprar leche corporal para tratar mi piel quemada). Me pasé tres días yendo de la cama a la bañera, con unas ampollas nunca vistas por mí, insólitas. Así que esta vez, me he propuesto ser un poco más coherente (no me haré excesivas ilusiones) y prudente (para poder parar, por si se da el caso adverso, el posible varapalo, esto es, por si “los dípteros”, vocablo que suele usar, como sustituto de moscas, Javier, el oponente zumbón de Pablo en el programa vespertino “Pasapalabra”, de Antena 3.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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