PÉSIMAS CONDICIONES LABORABLES
De mis recientes vacaciones “estiotoñales” (disfruté la última semana del verano y la primera del otoño) en el Puerto de la Cruz (Tenerife), cuya cruz aún llevo a cuestas, pero hoy parece que es más liviana o me pesa menos, catorce esperanzados e ilusionados días que, aun resultando frustrantes, pues me defraudaron un montón, al salirme, uno tras otro, rana, devinieron relajantes, lectores (allí me leí casi seiscientas páginas de “Los vencejos”, la última novela que ha dado a la imprenta Fernando Aramburu, de la que ya he publicado en mi bitácora, el blog de Otramotro, la crítica literaria que trencé y titulé “¿Hay un vencejo en cada escritor libre?”) y menos creativos que los normales o usuales, pues solo compuse ocho décimas, me traje a la ciudad donde me alumbró mi progenitora, Iluminada, y vivo, Tudela (Navarra), un abrazo inopinado, inesperado, el de Marimar, que me solía gastar bromas sin cuento y, en mutua correspondencia, yo le solía tomar el pelo sin parar a ella (sin ejercer de peluquero), riéndonos ambos, antes o después, a gusto.
Como acababa de cenar y me hallaba, en ese preciso momento, en el restaurante del hotel, juzgué oportuno despedirme allí de ella. Como de la rubia y afable Marimar brotó y partió la idea de hacerlo con un auténtico y apretado abrazo, me avine, de buen grado, a coronarlo al alimón, por supuesto. Hasta esa jornada, la última de trabajo para ella allí, aun siendo fija, no me enteré de que, según me comentó y yo interpreté, su caso cuadraba o encajaba de lleno dentro del cupo de quienes padecen el síndrome del empleado quemado (más bien chamuscado). ¡Cuantos problemas de salud mental permanecen arrumbados, orillados, olvidados, sin salir a relucir, entre quienes sufren sus rigores! ¡Qué negativamente ha repercutido la pandemia en el bienestar emocional de la sociedad trabajadora, empleados autónomos, por cuenta propia, y asalariados! Salvo los atlantes y las cariátides, que han logrado salirse por la tangente y suman un tercio del total, solo estos/as han conseguido saltar o sortear esa regla (¿no escrita ni descrita?) que dice que dos de cada tres trabajadores han sufrido, durante alguno/s de los meses del último bienio, un cuadro de agobio, angustia, ansiedad, estrés (“escuatro” o “escinco”) o fatiga.
La pandemia que nos aguarda ahora (si damos tiempo al tiempo, lo comprobaremos con nuestros propios ojos), a la vuelta de la esquina, es la de la generalizada y precaria salud mental.
La covid-19 ha horadado el estado emocional de la sociedad en su conjunto y el ámbito laboral no ha conseguido escapar de su pésima y natural influencia. El estrés, ora por la abundancia o copia de trabajo, ora por su opuesta, su ausencia o escasez, que los empleados han aguantado y están soportando, más o menos estoicamente, antes o después pasará factura y eso se verá reflejado y registrado en los historiales médicos guardados en los ordenadores de los centros de salud del país. Puede que los facultativos de primera instancia se vean abocados a remitir a los especialistas de Psicología y Psiquiatría a una cantidad tan ingente de pacientes que los psicólogos y psiquiatras, por ser tan pocos, no den abasto y hasta alguno de ellos se vea en la necesidad de recibir urgente atención y apoyo por parte de un colega, experto también en dicha especialidad.
Acaso baste con acudir a una docena de farmacias de mi localidad y hablar con sus responsables para saber si el consumo de fármacos ha crecido, sigue igual o ha menguado. ¿Se prescriben más somníferos, relajantes, antidepresivos?
Es público y notorio que no todos los trabajadores (ellas y ellos) están igualmente expuestos a los riesgos psicosociales. Los precarios y las mujeres, es un hecho irrefutable, lo están más. Lo propio sucede con ciertas ocupaciones: trabajadoras de ayuda a domicilio (para hacer el aseo personal, verbigracia, de personas mayores o con movilidad reducida), técnicos de emergencias, cajeras, camareras (de piso o comedor), auxiliares de enfermería, personal de limpieza, etc. Está claro, cristalino, que las pésimas condiciones laborables están interconectadas e/o interrelacionadas con la insuficiente salud mental.
Confío, deseo y espero que Marimar, trabajadora competente donde las haya, si no lo ha conseguido ya, encuentre pronto acomodo, o sea, un puesto que reúna las condiciones que lo hagan atractivo y a ella le satisfagan.
Ángel Sáez García