El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

José Javier es mi ángel de la guarda

JOSÉ JAVIER ES MI ÁNGEL DE LA GUARDA

“En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”.

Manuel Azaña

Tengo la impresión refractaria de que nadie sabe el porqué; pero, nada más escribirlo, noto que me equivoco, pues me brota la sensación de que acaso alguien lo sepa; mas, una de dos, o no lo ha sabido explicar convenientemente a quienes le atendían y hacían el esfuerzo intelectual de entenderlo, o lo ha explicitado como debía, de la mejor manera posible, pero quienes tenían que comprenderlo no lo han logrado tamizar oportunamente.

Algunos muertos (fuera cual fuera el sexo que estos tuvieran mientras vivieron) se nos aparecen, dándonos un susto de muerte o, por el contrario, alegrándonos el día. Hay difuntos que se decantan por mostrarse durante el sueño y finados que prefieren manifestarse durante la vigilia. Y hay muertos, que parecen estar y/o seguir vivos, que optan por las dos soluciones o vertientes, una antes y otra después. Así que uno, servidor, el abajo firmante, a veces, tiene la sensación de haber vivido esa experiencia previamente, una dormido y otra despierto, o viceversa, o sea, de haber tenido un déjà vu.

A mí, por ejemplo, me ha pasado con una persona viva, lejana, ausente, tres cuartos de lo propio que con un ser fallecido, que, si transitaba, verbigracia, por una calle peatonal atestada de gente, tendía a identificar, a diez o quince metros, por delante, clara y notoriamente, la cerviz de la persona en la que hacía un rato que no pensaba, pero, desde donde ella se hallaba, a miles de kilómetros de distancia, allende los mares, o desde ultratumba, me amonestaba o abroncaba ásperamente, por no tenerla, en todo momento y lugar, presente, como eso había pactado con ella o en eso habíamos quedado.

Recuerdo con fidelidad cómo me extrañaba cuando el religioso camilo Jesús Arteaga Romero, a quien le habían tenido que amputar en su juventud una buena porción de uno de sus miembros inferiores, nos refería cuánto le dolía el dedo gordo del pie ausente, fantasma. ¿Cómo podía hacer daño lo inexistente? Puede que, mutatis mutandis, lo mismo sienta nuestra alma con ocasión de la pérdida de una persona allegada o que tanto significó o supuso para nosotros.

Voy a contarte, porque viene a cuento, atento y desocupado lector, seas o te sientas ella o él, un secreto. En Navarrete, estando estudiando Octavo de EGB, compartía litera con XXX, a quien apreciaba (y sigo apreciando, esté vivo o muerto) un montón. Antes de dormirnos, sin decirnos una palabra (puede que, tras el roce, la muestra de aprecio, nos dijéramos ¡buenas noches! o, tal vez, ¡hasta mañana!), juntábamos nuestras diestras (uno la bajaba y otro la subía y, durante unos minutos, tres o cuatro, nos acariciábamos mutuamente con los dedos el dorso de ambas). No era un acto sexual, placentero, creo (a pies juntillas, según mi perspectiva), ni malicioso, sino un gesto cariñoso, fraternal, de lealtad. Han pasado más de cuarenta y tantos años de aquello; bueno, pues, de cuando en vez o de vez en cuando, vuelvo a soñarlo, estando dormido, o a recordarlo, estando despierto.

Irene Vallejo en uno de los artículos que publica quincenalmente, bajo el marbete de El atlas de Pandora, en EL PAÍS SEMANAL, en concreto, en el que porta el rótulo de “Quédate, fantasma”, que vio la luz en la página 8 del número capicúa 2.332, correspondiente al domingo 6 de junio de 2021, sentenció que: “recordar es, en cierto modo, dejarse visitar por fantasmas”. Abundo o coincido con Irene. Durante mucho tiempo pensé (y aún sigo creyendo a pies juntillas) que mi difunto hermano José Javier me ayudaba a estudiar otrora y me echa una mano ahora, cuando escribo. José Javier es mi ángel de la guarda.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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