El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Sobre la libertad de otro congénere

SOBRE LA LIBERTAD DE OTRO CONGÉNERE

Desconozco si el atento y desocupado lector, bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él, de estos renglones torcidos estará de acuerdo conmigo en que su libertad de hacer o dejar de hacer lo que sea termina donde comienza la mía, y viceversa. Ignoro, asimismo, si el susodicho, hembra o varón, considera, como yo tengo para mí por verdad radical, irrefutable e inconmovible, que uno es libre de hacer cuanto quiera o le dé la real gana, siempre que eso no coarte ni corte (con o sin arte) las alas de la libertad de otro congénere.

El filósofo británico John Stuart Mill se preguntó en el arranque del ensayo que tituló “Sobre la libertad” (1859), ¿cuál era la naturaleza y los límites que el poder social podía ejercer sobre el individuo e imponer de un modo legítimo? Y llegó a la conclusión racional, sensata, de que la intervención del Estado es adecuada, conveniente e idónea cuando los comportamientos de un ciudadano, sea el que sea, pueden perjudicar a sus semejantes y a sí mismo. Al resultado de esa reflexión de dicho autor utilitarista se le conoce, desde entonces, con el nombre de “principio del daño” o “principio del perjuicio”.

Está claro, cristalino, que dicho principio cabe aplicarlo a un montón de situaciones de nuestra vida comunitaria cotidiana, normal, siempre que no tengamos dudas sobre qué cabe entender por “daño” o “perjuicio”. Ya que, si previamente no nos ponemos de acuerdo en el significado de las palabras que vayamos a utilizar, holgará toda discusión sobre cualquier asunto que tratemos.

A mí me cabe fácilmente en la cabeza que en el piso de arriba viva una familia numerosa. Nosotros conformamos otrora otra, una de ocho miembros; mis padres, mis hermanos y yo vivimos en el mismo piso en el que ahora vivo yo solo; y hacíamos ruido, mucho ruido, me consta, pero durante el día y en la calle. Hoy las condiciones de vida han cambiado sobremanera (alguna a peor y muchas a mejor), pero no merece la pena dilapidar el tiempo, que es oro, haciendo un listado pormenorizado que contenga todas las comparaciones realizadas o culminadas.

A mí lo que no me entra fácilmente en la testa es que, conociendo todos, propietarios e inquilinos, las especiales y específicas particularidades del edificio donde vivimos y su estructura porosa, que permite que se oiga todo, en el piso de arriba se empiece a hacer ruido a las cinco menos veinte de la mañana (habitualmente, entre semana), se hable a grito pelado por el móvil a cualquier hora de la noche (a una mujer que no tiene ningún miramiento, ni pelos en la lengua ni pudor, le he escuchado insultar a su comunicante, y puede que no le faltara razón de peso para espetarle tales denuestos al sujeto, pero ¿a las cuatro de la mañana y a voz en cuello, extorsionando el descanso de propios y extraños?), que muevan los muebles y que no hayan invertido (ni ellos ni otros vecinos, dueños de otras mascotas) unas horas de su tiempo de ocio en acostumbrar a que su perro no ladre y su gato no maúlle, mientras estén en casa. A veces, la sinfonía que uno escucha, no por propia iniciativa, sino porque, velis nolis, se le impone, es una cacofonía completa, perfecta, total.

¿Alguien puede dormir así las ocho horas de sueño que recomiendan los médicos para que uno al día siguiente pueda estar lúcido? Lo dudo. ¿El modus vivendi de los vecinos de arriba influye en mi salud física y mental? Está claro que sí; así que, cuando no puedo soportar un segundo más su comportamiento incívico, porque una gota vuelve a desbordar el vaso de mi paciencia estoica, me veo empujado por las circunstancias a llamar al 092, a la policía municipal, para ver si los agentes que se desplacen a la finca les hacen ver que han vuelto a incumplir, una vez más, y van… ni se sabe (yo ya he perdido la cuenta), la ordenanza municipal, y les insuflan un ápice o pizca de cordura a quienes son unos duchos, por continuos y machacones, asaltadores del conticinio.

Sin embargo, he de reconocer que, de un tiempo a esta parte, la cosa ha mejorado varios enteros. Ahora bien, confío, deseo y espero que en esta nueva oportunidad no vuelva a suceder lo que aconteció en ocasiones anteriores, que, nada más proferirlo, nada más ser servidor ángel o mensajero de la buena nueva, la realidad ha venido a desmentirme, abatiendo mi elogio del pedestal donde lo había colocado con sumo cuidado, echando por tierra mi falso gozo o a este en un pozo profundo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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