IGNORO LA RAZÓN QUE A ELLA LE CONSTA
Aunque mi padre, desde que yo tengo uso de razón, fue una buena y hasta bella persona fuera de casa, en sociedad, no se portaba así, como tal, algunos sábados en el hogar, los que venía, directa o indirectamente, del bar a casa cargado, como una cuba. Mi intención, por tanto, en este escrito no es justificarlo, sino aleccionar al atento y desocupado lector, ya sea o se sienta ella, ya sea o se sienta él, con el relato apodíctico (adjetivo que, en el ámbito filosófico, significa “incondicionalmente cierto, necesariamente válido”, según el Diccionario de la lengua española) de una enumeración o serie de sucesos que, si a mi padre lo denigran, a mí, velis nolis, me abochornan; sí, sí, ya sé, sin tener por qué, pues yo solo soy responsable de los hechos por mí protagonizados, los que se me pueden achacar. Diré más; si lo hubieran procesado alguna vez por aquellas actitudes domésticas de antaño, dignas de amonestación, y yo hubiera sido la jueza o una magistrada de la terna del tribunal sentenciador de su causa o procedimiento (aunque, lógica y evidentemente, tendría que haberme inhibido, por ser su hija), mi fallo hubiera sido condenatorio (o hubiera planteado a la resolución, adoptada por mayoría, mi voto particular discrepante, en el caso de que mis colegas lo hubieran absuelto).
El recuerdo de ese borrón mayúsculo, de ese comportamiento injusto, por no justificado, caprichoso, arbitrario, viene, de cuando en vez o de vez en cuando, a mi mente y me trae la indeseable y ominosa escena de lo que ocurría, indefectiblemente, las noches de esos sábados en las que mi progenitor había pimplado más de la cuenta bebidas espirituosas, lo que fuera (en casa no probaba el vino ni el brandy, aunque había botellas de los dos citados, el caldo y el licor, ya para cocinar, ya para satisfacer a las posibles visitas, de manera exclusiva, pues él, en el hogar, no consumía ni mucho ni poco ni nada de nada de alcohol). Él respetaba la cláusula de ese contrato no escrito, pero sí firmado de palabra por ambos, mis dos progenitores, a rajatabla.
Cuando, desde mi habitación, mientras estaba leyendo o, hasta con la luz apagada, no había conciliado todavía el sueño, escuchaba cómo mi padre no acertaba, al primer intento, a meter su llave en la cerradura de la puerta de entrada a casa, habitualmente, me entraba un temblor en el cuerpo que solo se mitigaba, salía y cesaba cuando, tras un raudo debate de reproches mutuo, subido de tono, de timbre y de altura, él abofeteaba a mi progenitora en la faz izquierda de su cara, o pensaba que, tras la trifulca, ya le había dado los dos tortazos de rigor, que no siempre se los daba, le espetaba puta o zorra, o los dos insultos, uno detrás del otro, y se iba dando tumbos, camino de la cama matrimonial, a dormir, sin terminar de desnudarse, la mona. Esas noches mi madre me prefería a mí y dormía a mi vera; yo compartía, de buen grado, con ella mi estrecho catre.
Cierta noche sabatina, cuando yo era mayor de edad y estudiaba la Licenciatura de Derecho Comercial en la Universidad Internacional de Rabat, salí de mi cuarto hecha, mitad una furia, mitad un manojo de nervios, y le pregunté a mi progenitor qué había hecho la mamá para ultrajarla, como acaba de hacer, y entonces me soltó una mera variante de lo que les había oído contar a mis amigas y compañeras de la Facultad de Derecho, Raisa y Najat, que sus padres beodos les habían aducido (es un decir) o argumentado a sus madres maltratadas con parecida voz pastosa, al ser preguntados por estas, sus progenitoras (“Aunque no sé el porqué, tú lo conoces”): “Esposa, ¿a que te consta a ti el porqué?”.
Edurne Gotor, “Metonimia”.
Ángel Sáez García