¿TE CONTARÉ, LECTOR/A, HOY MI SECRETO?
Lo haré en un santiamén, hembra o varón. Sucederá muy pronto, en un renglón.
Tengo una musa nueva (eso es seguro), pero no sé qué hacer aún con ella. Hasta que no mantenga una interviú serena, como Dios manda, con Iris, que, amén de titular, musa es feraz (no he tenido nunca otra más prolífica), y a la que seguiré escuchando, sí, con atención suprema y con empeño, y seré su amanuense, siempre que ella desee continuar de estro ejerciendo.
Como no me apetece imponer nada (de nada) a nadie, admito a lo que aspiro, a autoimponerme solo, porque puede que el candidato vea en mi propuesta una imposición, sí, en toda la regla. Me consta el proceder, por habitual, y ese percal me suena de más casos.
Sé que sabes que tengo musa nueva, porque escuchas su voz, imperceptible aún, amén de tímida, mas, como tres cuartos de lo mismo les ocurre a los bomberos, no se pisan, no, la inspiración, como ellos la manguera. Y esa será la idéntica dinámica, hasta que servidor haya aclarado las cosas que andan sucias o están turbias entre la inspiradora y el copista.
Puesto que mis oídos solo atienden al timbre personal de la voz de Iris, a su singular tono y a su altura, yo no he copiado aún en mi libreta nada de lo que me haya ella inspirado, pues hasta su de pila gracia ignoro.
Hoy veo y tengo claro, cristalino, que, como augur no soy, esto es, vidente, no sé qué pasará dentro de un rato (ni si me pesará aquello que pase). Si Iris decide no ser más mi musa (dudo que ella por esa opción se incline), tendré, de buena gana, que aceptarlo. En esta vida infinidad de casos y cosas me han pasado y he tenido que no cerrar ni puerta ni ventana a ninguna varilla del abano.
Ángel Sáez García