DEL CURSILLO HA PASADO MEDIO SIGLO
Parece que fue ayer cuando este menda se subió a un autobús en la estación y, contando doce años, viajó solo de su ciudad natal a Navarrete, pasando previamente por Logroño. La razón de aquel viaje en solitario (que luego resultó que no fue tal, pues más viajaban con la misma meta, aunque eso lo ignoraba servidor) la tenía un cursillo propedéutico para ver si a este “muete” le agradaba la estancia en el destino, un seminario. Parece que fue ayer, insisto e itero, desde el día de marras, y ha pasado, aunque cueste creerlo, la friolera, pues deja frío, sí, de medio siglo.
Recuerdo que mi hermano José Javier, que había estado interno allí, durante dos cursos académicos, me acompañó y se despidió de mí en la dársena correspondiente, y fue también quien bajó al mismo lugar para recibirme a la vuelta. Él fue quien me comentó la triste nueva de que nuestra abuela paterna Gregoria, “Goya”, había fallecido al día siguiente de marcharme a Navarrete (ella barruntaba la fatalidad que sucedió, pues, al despedirme de ella, me soltó que temía que fuera para siempre, aunque el médico, que la visitó en la habitación que solía ocupar en casa, no fue tan agorero o letal en su diagnóstico, pues yo tuve la oportunidad de escucharlo en el vestíbulo de casa, cuando este, el galeno, le daba pormenores del mismo a mi padre, su benjamín). ¿Aquello fue una jugarreta que me tenía reservada el destino? No lo sé, pero, a posteriori, interpreté que el deceso de mi yaya, un clamoroso retroceso emocional, sin duda, un desgarrón del alma, supuso o vino acompañado de un evidente progreso para mí, pues entonces tomé conciencia de que despertaba a la vida, de mi renacimiento (ético, intelectual). Aquella estancia de quince días escasos me hizo adulto, mayor de edad. Si no marro, fui el único postulante que no recibió una carta de su familia (que estaban viviendo el duelo por el óbito narrado arriba).
De las dos indelebles semanas que pasamos en el colegio navarretano, regentado por los religiosos camilos, excelentes educadores y personas, las seis docenas largas (calculo, a ojo de pipiolo o inexperto cubero) de muchachos que acudimos allí, durante el estío del año 1974, hace media centuria exacta, rememoro o conservo un acervo de anécdotas, aunque pueda parecer mentira; verbigracia, que José Miguel Carceller Insa comentó que había visto todos los partidos del Mundial de Fútbol de Alemania 74 y nos dijo la alineación de Holanda (todavía se llamaba así, no Países Bajos) de corrido, aunque había quedado finalista, subcampeona, tras la anfitriona.
Ahora, mientras redacto estos renglones torcidos a bolígrafo, con mi inseparable BIC azul, me ha venido a la mente un segundo fogonazo, fotografía o instantánea, con otros/as precedentes y posteriores, formando un vídeo, pues he vuelto a maravillarme viendo con qué celeridad corregía los exámenes que acabábamos de hacer los cursillistas apenas unos minutos antes, sentado en la mesa del profesor (quiero decir, por supuesto, en la silla correspondiente, al lado de la citada) Jesús Arteaga Romero, sí, la mitad del personaje ficticio que, de modo insospechado, tanto juego literario me está dando, fray Ejemplo. Ciertamente, los exámenes eran fáciles, si se había prestado atención a las explicaciones previas del docente y se había asimilado lo precipuo o principal de las lecciones recibidas, claro. Como sostuvo, de manera sentenciosa, Arteaga, tras enmendar el desastroso ejercicio de un compañero, quien sabía aplicar una simple regla de tres salía airoso del aprieto o brete, y quien no, no solucionaría el problema ni concediéndole un día entero, ni siquiera una vida completa. Como a mí me gustaba saber qué nota había sacado en el examen recién hecho, me colocaba, estratégicamente, detrás, a la espalda de Arteaga, hasta que, si había suerte, le tocaba el turno pronto a mi ejercicio, y, tras comprobar que todo estaba bien, bajo control, salía de la clase, como el mismo rayo, a disfrutar del tiempo reservado para el recreo contento, tras conocer la calificación que él me había puesto.
En un tercer fogonazo, me veo jugando un partido de fútbol en uno de los dos campos que había entonces, defendiendo o atacando, según fuera cuanto había que hacer en ese momento, con mis compañeros de equipo, los Obotes. Recuerdo que estaba fuerte, como un roble, pero aún me puse allí más fornido. Sacaba de puerta de mi área y llegaba hasta la otra, la contraria. En la revistilla que me llegó a casa, tras realizar el cursillo, mi nombre y primer apellido se mencionaban al final de la crónica que firmaba la otra mitad de fray Ejemplo, Pedro María Piérola García, que acababa así, después de destacar, por otras razones, a otros cursillistas: “(…) y la fuerza de Ángel Sáez“. Él se refería a la física, por su puesto, pero allí adquirí, asimismo, otra, la mental.
Ángel Sáez García