LA TORRE DE BABEL Y EL ILETRADO
¿POR QUÉ HE DE RENUNCIAR A ESTAR COMPLETO?
SIEMPRE QUE ELIJO, SALGO PERDIENDO ALGO
“He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.
José Saramago
Al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos le consta (y, si frecuenta las páginas de la Biblia, con más razón) que los hombres comenzaron a construir la torre de Babel, según se relata en el Antiguo Testamento, en concreto, en el capítulo 11 del Génesis, para alcanzar el cielo y hacerse tan famosos como Dios (está claro que pecaban de soberbia o ufanía) y/o para librarse, así, de otro posible diluvio universal. Sea como fuere, Dios confundió las lenguas de los constructores, que tuvieron que parar tamaña obra, porque no se entendían. Los exégetas del pasaje bíblico no se ponen de acuerdo, discrepan; unos afirman que los hombres pretendían honrar a los dioses; otros aseveran que su intención era irritarlos. Me temo que, como la polarización, omnímoda, ya lo abraza u ocupa todo, los intérpretes siguen disintiendo entre sí.
En el discurso de agradecimiento que José Saramago leyó ante el público asistente, cuando le entregaron el premio Nobel de Literatura de 1998, hizo una afirmación sorprendente, que la persona de la que más había aprendido, a lo largo de toda su vida, era pastor y analfabeto, pues no sabía leer ni escribir. Ahora bien, quien guiaba con maestría a su rebaño por caminos, cañadas y veredas, con la sola ayuda de dos canes, había desarrollado tanto su inteligencia natural, que eso le bastó al futuro escritor portugués para percatarse y valorar que, a veces, la persona culta no consigue enseñar cuanto sabe, mientas que eso sí lo logra hacer quien no se ha cultivado intelectualmente, pero transmite las lecciones, que ha extraído del mero hecho de vivir, con llaneza. Cualquier esquina es una buena biblioteca. Más se aprende en un día de mercado que en cinco años en una facultad. Es el último aserto una boutade, un exceso, al que no falta cacumen.
Y, como suele aducir, esté donde esté, este menda, que no hay mejor maestro y mentor en el convento de Algaso que fray Ejemplo, pues nadie lo aventaja en saber teórico-práctico, pondré uno que sea, al alimón, clarificador, se entienda, y pueda fijarlo fácilmente el lector en su memoria, por si le sirve a él en alguna ocasión.
En una reunión nocturna de amigos varones, durante el estío, tomando la fresca, formando corro en la plaza con fuente de un pueblo, siete universitarios de primer curso de carrera aborígenes y uno foráneo charlaban animadamente de lo humano, de lo demasiado humano, aunque uno de ellos había comentado que Esperanza estaba divina. Quienes escucharon su apostilla, que acaban de estrenar la mayoridad o estaban a punto de alcanzarla, coincidieron con el parecer que vertió quien mencionó que Sofía, la hija de José, “el Patarro”, era un pibón, y estaba como un bombón. Incluso “el pérfido inglés” (así llamaban al británico George) se expresó, abundando en su criterio con el resto, de esta guisa:
—A mí me gusta mucho “la Patarra” —pero calló seguir con cuanto había pensado y dejó en el tintero: “sobre todo, cuanto se (d)espatarra”.
A Lucas le extrañó oír, pronunciado por “el pérfido inglés”, con absoluta corrección, dicho giro o modismo, y para jugar con él, esto es, tomarle impunemente el pelo, como había hecho otras veces durante ese verano, le preguntó a George:
—¿A ti, George, te gusta “la Patarra” o el patorrillo? —pues le constaba que ese guiso, que solía preparar su madre, a George le pirraba.
—“La Patarra” y el patorrillo; no me hagas decantarme y escoger uno, cuando puedo quedarme con ambos. ¿Por qué he de renunciar a estar completo? Siempre que elijo, salgo perdiendo algo.
Se hizo un silencio atronador, un oxímoron, sí, que aprovechó Ignacio, que trabajaba de pastor (la ventana abierta de su cuarto, para que entrara y circulara el aire, le permitía escuchar con nitidez, tumbado decúbito supino en su catre, cuanto los jóvenes hablaban a escasos metros, abajo), para meter baza, sin tener que asomarse:
—Si me permitís dar mi parecer, a George lo que de verdad le chifla es lo que hay entre las pantorrillas de “la Patarra”, el potorro; el otro día…
Se oyó sisear a “el pérfido inglés”, que dijo:
—Calle su sucia boca, haga el favor, que nadie le ha dado una taba para echarla en este corro —así cortó George el discurso del espontáneo “Nacho”.
Ángel Sáez García