LAS ALMAS PURAS SUBEN A LA GLORIA
TAN RAUDAS COMO LO HACE EL CHUPINAZO
Ignoro qué pensaba y, asimismo, qué pensará (en el supuesto de que haya habido cambio de juicio o no) el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, cuando acabe de leer estos renglones torcidos (si le apetece —que conste en acta que no le impongo dicha tarea—, puede mandarme a mi dirección de correo electrónico su criterio sobre el particular, ya sea abundando con mi opinión, si no en toda, en algunas partes, ya sea discrepando de mi parecer, si no en su totalidad, en uno o varios aspectos), pero esto es lo que sostiene y defiende el abajo firmante, servidor, que en todo proceso creativo humano (incluido, por supuesto, el amoroso, finalice en sexo del bueno y sucio, o no) quien se da de bruces con una dificultad o un listado o rosario de ellas, sean difíciles o fáciles, mayores o menores, y les hace frente con la inequívoca pretensión de superarlas o vencerlas y dejarlas atrás, favorece que suba el listón del remate, el orgasmo o placer final y, de igual modo, propicia que la experiencia vivida sea catalogada por quien salió victorioso e incólume, sano y salvo, de ese aprieto o brete, de inolvidable, memorable y/o memorioso, como el imperecedero y proverbial personaje de ficción que salió del magín fantasioso de Jorge Luis Borges, Ireneo Funes.
Este menda, nada más colocar el punto y aparte, al terminar de redactar el primer parágrafo de su texto, se concedió unos pocos minutos de relajo para aliviarse, es decir, para ir al baño a evacuar la vejiga de la orina, o sea, hacer un pis. Cuando volvió a su despacho, vio cuanto le disgusta atisbar o avistar sobremanera, cómo uno de sus hermanastros (ya que Ángel Sáez es el hacedor de ambos, de él, Evaristo, que forma parte de un heterónimo colectivo, coral o grupal, que se organiza y arracima en torno al que nuestro creador dio en llamar Egomet, que en latín significa “yo mismo”, y de mí, Otramotro), que estaba fisgando, leyendo lo trenzado por mí. Me incomoda y hasta enfada que mis hermanastros sean impacientes, esto es, que no puedan esperar a que los concluya para echarles la primera ojeada o vistazo. Pero lo que de verdad me indignó fue que Evaristo Gómez, que así se llama mi hermanastro, al que nuestro semidiós otorgó el mote de “Meteoro”, hubiera escrito este breve párrafo, que colocó a continuación, debajo del mío:
“En este asunto, en concreto, es un experto o perito nuestro hermano Otramotro, acostumbrado a salir airoso de esa encerrona diaria que es escribir, un día sí y otro también, la labor o tarea que se autoimpone, un texto en prosa, por lo menos, o, en su defecto, dos sonetos. Habrá quien se pregunte qué vale más, si el solitario o la pareja. Cada quien, según su opinión o perspectiva, dictaminará”.
Cuando servidor terminó de leer las líneas que había agregado Evaristo, ya no estaba soliviantado; es más, el enfado morrocotudo había devenido en gratitud, porque juzgó que esas líneas eran pertinentes, relevantes, y no las borró, no, sino que le pidió permiso a su hermano, por parte de padre, para hacer uso de ellas y, tras concedérselo el susodicho, las aprovechó, pues les sacó el máximo partido.
Dicen, quienes así nos lo aseveran, que el alma pura asciende en un pispás, aunque otros “santiamén” usan, al cielo, como suelen hacer esos espíritus a los que califican de curiosos, que en toda bagatela o chuchería un acicate advierten o aliciente.
Las almas puras suben a la gloria tan raudas como lo hace el chupinazo, que es el cohete anunciador de fiestas, en prez de san Fermín y de santa Ana y otras/os patronas/es del vetusto reino.
Ángel Sáez García