NUNCA APRENDEMOS NADA DEL PASADO
Esa frase me recuerda, una vez dicha, escrita u oída, otra, la que, desde tiempo remoto, se le viene atribuyendo al primer filósofo, propiamente dicho, de nombre conocido, Sócrates (pues todos los físicos y metafísicos que le antecedieron son agrupados bajo el marbete de “presocráticos”): “Solo sé que no sé nada”. Pero, de verdad, ¿nunca aprendemos nada del pasado? Si nos centramos y concentramos en lo precipuo o principal, llegamos a la conclusión de que algo sí asimilamos, que nunca aprendemos nada del pasado (que suele resultar o ser unas veces liviano, como una pluma que lleva en sus brazos el viento, y otras pesado, como una laude o losa sepulcral), lo que ya es algo, aunque sea poco.
¡Qué derrotista e insípido encuentro el enunciado de marras! Si no aprendemos nada del pasado, sea ajeno o propio, jamás escarmentaremos, y, por ende, la experiencia no será ni un grado, ni una licenciatura, ni un doctorado; tampoco madre de ciencia ni maestra de conciencia, como tantas veces les escuché proferir a mi progenitor, Eusebio, y a su tocayo, fray Ejemplo, mi segundo padre.
Como, aunque no soy un zahorí, tiendo a advertir, de forma natural, dónde fluye o hay agua bebible, potable, aunque, al lado, a apenas un metro de distancia, quepa darme de bruces con el pozo más infecto, nocivo, o sea, como soy un defensor a ultranza de esa locución proverbial española que dice que “no hay mal que por bien no venga” (una variante de dicho adagio solía tener siempre en la punta de su mui, a punto de soltar, mi señera y señora madre, Iluminada, “por donde está más oscuro amanece”), reconozco que me dice poco, apenas nada, esa píldora concentrada de George W. F. Hegel que airea esto: “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Tampoco me dice mucho más el alargue que hizo, estirando de ella cual chicle, Aldous Huxley: “Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia”. Las reputo estériles; y, como todo lo yermo deviene en páramo, infértil, salvo “Pedro Páramo”, el personaje literario, un cacique muerto, padre de Juan Preciado, protagonistas ambos de la inmortal novela de Juan Rulfo, las arrumbo u orillo, como quedó, asimismo, el arpa polvorienta de la imperecedera Rima VII de Bécquer, con música callada, por no saber servidor rasgar o tañer sus cuerdas.
Sin embargo, eso me ha llevado a rememorar lo que había leído la tarde del pasado domingo 16 de noviembre de 2025 en la página 82 del número 2.564 de EL PAÍS SEMANAL, el artículo “Fue un milagro”, de Rosa Montero. Su primer parágrafo dice así: “EL JUEVES PRÓXIMO se cumplen 50 años de la muerte de Franco. Una cifra redonda. Lo mejor es que ni nos acordamos del franquismo. Y lo peor es que ni nos acordamos del franquismo. Con lo primero quiero decir que la sociedad española supo reinventarse y construir un nuevo futuro yo diría que con notable acierto. Y con lo segundo muestro mis temores de que, por pura ignorancia, por esa desmemoria fatal que aqueja al ser humano, la España de hoy vuelva a caer en errores elementales que deberíamos haber aprendido a soslayar. Y, de hecho, lo aprendimos, pero lo hemos olvidado”.
Creo, sinceramente, que una de las claves de cuanto describe con tino Rosa, las espinas del quid, está en que ha pasado mucho tiempo. Yo sé qué ocurrió (barbaridades sin cuento) por lo que le oí contar, atentamente, a mi tío Jesús, “el Vasco” (también llamado “el Pato”, porque ese era el apodo o mote con el que eran conocidos los miembros de mi familia en Cornago, villa riojana de la que había sido concejal del PSOE, durante la Segunda República, mi abuelo paterno José, que estuvo preso en el frontón Beti Jai de Logroño, que fue usado como cárcel) y a lo que he leído (no olvido el amplio muestrario de emociones y sensaciones que me reportó la lectura de “Las sacas”, de Patricio Pedro Escobal, que llegó a ser capitán del Real Madrid de fútbol, y estuvo preso también en la capital riojana, libro que leí en casa de mi tía María, tras recomendarme su lectura mi querida prima María José, “Fina”). Un adulto actual (ora sea o se sienta ella, él o no binario), que se halle en la treintena, no ha profundizado en el asunto de la guerra (in)civil española, a menos que haya estudiado la carrera de Historia. Y el franquismo era siempre uno de los últimos del temario de dicha asignatura, y se veía en la extinta EGB, el bachillerato y el COU de pasada, a la velocidad del rayo. Y un joven hodierno, de entre quince y treinta años, está más atento a qué recibe y manda por WhatsApp con su móvil que a leer cualquier ensayo sesudo o ver un reportaje extenso sobre dicha esencia. Así que, por desmemoria y/o por olvido, como acierta a señalar Montero, y por dejadez, añade este menda, permanece la casa del aprendizaje de la historia sin barrer.
Otra de las claves de lo que desentraña Rosa acaso estribe o radique en otra idea de Aldous Huxley, que viene a contradecir o contrarrestar el pensamiento que he mencionado arriba: “El secreto de la genialidad es el de conservar el espíritu del niño hasta la vejez, lo cual quiere decir que nunca hay que perder el entusiasmo” (por ser curioso y aprender, agrega servidor).
Nota bene
Ahora bien, como algo debe de tener el agua cuando la bendicen y luego la rocían con el asperges, es decir, como alguna razón de peso ha de acarrear o contener esta concomitancia o paralelismo, que dos personas inteligentes, Hegel y Huxley, hayan reparado en lo mismo, hayan abundado en igual idea, hayan coincidido en formular semejante pensamiento, porque uno parece el calco del otro, esta tarde he procedido a pulsar la opinión de seis personas, solo seis, media docena de jubilados, sí, escueto sondeo, para conocer su criterio sobre el rótulo que encabeza estos renglones torcidos; y de esas cinco escogidas palabras que conforman el endecasílabo mentado, “nunca aprendemos nada del pasado”, me he limitado a agrupar las palabras que me han suministrado en sus respuestas. Esta ha sido, grosso modo, la suma obtenida: si tenemos en cuenta las sesiones de control al Gobierno de España que tienen lugar en el Congreso de los Diputados los miércoles, ese aserto sigue siendo válido y estando vigente, porque ese espectáculo bochornoso, sonrojante (vocablo que, aunque parezca mentira o extraño, no tiene entrada aún en el Diccionario de la lengua española, DLE) y vergonzoso se continúa iterando, miércoles tras miércoles, sin que los intervinientes habituales en él hayan aprovechado la experiencia, pues no han aprendido de su comportamiento, escasamente aleccionador, nada de nada.
Ángel Sáez García