¿CUÁNTAS INTELIGENCIAS ATESORAS?
Siempre que he acudido (por padecer un problema agudo de salud) a Urgencias (fuera en un centro de salud o en un hospital), el galeno (ora ella, él o no binario) que me ha atendido me ha formulado la pregunta inexcusable, la de rigor: ¿Sabes si eres alérgico a algo? El colegiado médico se refería, por supuesto, a algún medicamento. Desde hace muchos años, no sabría decir con exactitud cuántos, me decanto por contestar, en todo momento y lugar, lo mismo, que soy alérgico a la estupidez. Pero acostumbro a agregar, a renglón seguido, para que el doctor no se dé por aludido, que reconozco haber sido varias veces en mi vida un insensato, un necio con las cinco letras; así que concluyo lo obvio, que tal vez esté vacunado, protegido, inmunizado contra dicho mal, del que ningún ser humano ha nacido invulnerable y, por ende, está a salvo.
Que el bípedo implume (según la definición de hombre dada por Aristocles, Platón) es un animal inteligente es algo archiconocido, consabido. Ahora bien, está claro, cristalino, que no todos los representantes de la susodicha especie tenemos las diversas modalidades de inteligencia igualmente desarrolladas. Unos han conseguido especializar unas más que otras y otros viceversa. Bueno, pues esa constatación empírica nos aboca o lleva a hacernos otra pregunta pertinente, distintiva y relevante: ¿Qué es la inteligencia? Yo suelo responder, cuando se me pregunta al respecto, cuanto a mí, por lo menos, me sirve como respuesta, que es la capacidad que goza el ser humano para resolver problemas. No me refiero, evidentemente, a aquellos que tienen que ver con las matemáticas, la física, la química o con otra disciplina científica, sino a cuestiones normales de la vida cotidiana; incluidas las que surgen en el entorno del trabajo, o en una comunidad de vecinos, verbigracia.
Como ninguna inteligencia sobra, el conjunto, el grupo o la suma de ellas es la que propicia o faculta a la persona que las posee a que, salvo por dejación de funciones o despiste, la susodicha demuestre en cuantas ocasiones se le presenten dichas contrariedades o contratiempos que las atesora.
Si consideramos una verdad irrefutable esa certeza aristotélica que asevera que en el cerebro del más sabio hay un rincón para la insensatez, acaso sea cierta también su complementaria (y contraria, o no, para algunos), que en el caletre del más estúpido hay un recoveco para la genialidad.
Ahora que tanto se habla de la inteligencia artificial (AI), y se da por supuesto que la hay, que existe, cabe preguntarse si esta es, asimismo, inobjetable.
Sé que alguien o algo está dotado de inteligencia no por lo que demuestra la acción o decisión más necia que ha tomado, sino por la más inteligente (ora sea por su importancia, ora por su interés), por ejemplo, el conjunto de problemas que ha resuelto, de manera efectiva, eficaz, satisfactoria. Así que, al haber salido airoso de ene aprietos o bretes, hemos de concluir que ese alguien o algo es, sin ninguna hesitación, inteligente, sea su especialidad la espacial, la social, la emocional, la musical, etc.
Es público y notorio que importa el producto, el resultado, pero también el proceso. Y, como adujo y dejó escrito en letras de molde Miguel de Unamuno, “la libertad no es un estado, sino un proceso; solo el que sabe es libre y más libre el que más sabe”.
Ángel Sáez García