ENCOMIO DE LA PROSA TRANSPARENTE,
PORQUE DE LA TRASLÚCIDA ABOMINO
¿QUIÉN HAY TRAS CADA TEXTO ENTRE COMILLAS?
Si con el vocablo “apisonadora” podemos referirnos a una máquina montada sobre un rodillo o rulo grande y pesado (o dos) que sirve para allanar el terreno, verbigracia, el asfalto que acaba de ser esparcido, extendido, sobre el pavimento ya existente, agrietado o cuarteado, viejo, de una calle o carretera; y, además, a la persona que trata de alcanzar el reto que se ha propuesto llevar a cabo, aunque para lograrlo tenga que vencer un montón de dificultades, oposiciones o trabas, yo no me considero una apisonadora, pero no sé cómo me ven el resto, mis amigos, deudos, conocidos o vecinos. La disparidad y multiplicidad de opiniones, el perspectivismo, la/o debemos respetar. Para mí toda mezcla es fecunda, prolífica. Y por eso soy partidario del mestizaje.
Este menda, fijado el objetivo o fin perseguido, se pone a la tarea, pero no va a saco, a saquear, a entrar o meter a saco. Tal vez esa sea, acaso, insisto, la razón por la que me hacen escaso caso. No pondré tirita en la herida, ninguno.
De un tiempo a esta parte, vengo criticando que algunos periodistas de EL PAÍS, en las crónicas que escriben y firman, no nos cuentan toda la verdad que les consta o saben. Tengo la sensación refractaria de que nos ocultan, a sabiendas, de que nos escamotean información crucial para entender completamente las piezas literarias que componen y los lectores del Periódico Global luego leemos. Muchos lectores somos adeptos o adictos a Santo Tomás y solo creemos si vemos los estigmas, las llagas. Exceso de reserva o de secreto detectamos en ciertos redactores.
Si, como dejó escrito en letras de molde George Orwell en “Por qué escribo”, “la buena prosa es como un cristal de ventana”, transparente, la prosa de algunos periodistas es traslúcida, porque deja pasar la luz, pero no puedes ver qué es lo que hay detrás de ella. Ojalá mi propósito se entienda: ¿Por qué la prosa transparente alabo? Porque la que es traslúcida detesto.
Quienes todavía tengan en casa, a su entera disposición, el diario EL PAÍS de ayer, domingo 1 de febrero de 2026, podrán comprobar y cotejar cuanto recojo en esta urdidura. Abran los atentos y desocupados lectores el periódico por las páginas 20 y 21 y relean el artículo que firmaron José Marcos y Carlos E. Cué, rotulado “El último gran escudo de Sánchez”.
El escrito es tan largo que debo acortar los textos entrecomillados. Espero que no me censuren por ello.
“‘(…) Lo estamos mirando con muchísimo detalle y no vemos absolutamente nada que indique que no se siguió el protocolo, que se hizo algo mal por decisiones políticas, que hubo algún error de bulto en la obra o en los controles’, señala una fuente de La Moncloa”. De esa fuente manaba agua, pero, al parecer, se secó ipso facto.
“’No tiene sentido que un ministro caiga por una soldadura. Si es que finalmente es eso. Hay una cadena de responsabilidades en algo así’, señalan otras fuentes del Gobierno. O sea, que de los caños de esas fuentes sigue manando agua que se sublima, en un santiamén, por solo Dios o el azar sabe la causa.
“’Óscar está actuando muy bien. Muy serio. Sin distraerse. Haciendo lo que hay que hacer’, señala un ministro de peso”. “De peso”, ¿querrá decir del PSOE? ¿Si hubiera sido de Sumar, los periodistas lo hubieran llamado “de peso sumo”? Eso supongo, aunque puedo estar equivocado.
“’Está más preocupado de las redes sociales que de las redes ferroviarias’, objetan fuentes de Génova, que añaden que ‘mentir le inhabilita para seguir como ministro’, en referencia a las explicaciones de Puente sobre la renovación ‘integral’ de la vía”. Ciertamente, las fuentes sobre Puente son inagotables, pero las desconocemos. Nos las han hurtado.
“’Se rodea de gente con perfiles muy técnicos. (…) Se está echando todo el peso encima y lo ha hecho muy bien’, valora un compañero de batallas de su época en el Ayuntamiento que no le ve débil ‘aunque sí tocado’”. Ídem.
“(…) ‘A Óscar le odias o le amas, es muy de extremos. (…) Y no solo en la derecha’, apunta un responsable de la dirección de Castilla y León. ‘Óscar es su peor enemigo. Tiene mucha soberbia (…) que mantiene en redes’, apunta un dirigente territorial que le conoce de sus tiempos de concejal y que añade que ‘es una ofensa’ compararle con Carlos Mazón en su gestión de la dana”. Por ahora, menos mal, entre los confidentes que apuntan, parece que alguno amaga, pero ninguno dispara.
“’Óscar no es de los que se arruga y se viene arriba fácil, ha demostrado capacidades para reinventarse (…) en su propia ciudad’, resalta un dirigente socialista de Castilla y León con mucha influencia y que tampoco es de la cuerda de Puente”. Eso indica que alguno de los informadores anteriores también discrepaba o disentía del actual ministro de Transportes.
“’Óscar persistió (…) y se reenganchó cuando llegó Pedro’, abunda otro peso pesado de la federación castellano y leonesa”. Es un evidente error. Castellana y leonesa o castellanoleonesa.
Y siguen más casos, pero considero que son suficientes los señalados.
Esto es lo que dejó escrito negro sobre blanco Joaquín Estefanía, a la sazón director de EL PAÍS, en abril de 1990, en el último párrafo del prólogo que acompañaba a la tercera edición de El Libro de Estilo de EL PAÍS: “La defensa de la libertad de expresión pasa por el establecimiento de mecanismos de transparencia en el ejercicio de esta profesión, a fin de no arruinar el único patrimonio de nuestro oficio: la credibilidad. Entre esos mecanismos figura por propios méritos este Libro de estilo, que servirá —si somos capaces de utilizarlo bien— para defender a los lectores del sensacionalismo, el amarillismo y el corporativismo de los profesionales. Porque a veces ocurre que en la mención abusiva de la libertad de información y de expresión se escudan sus enemigos para negar las críticas legítimas y la labor de control del poder, incluido el de los propios periodistas”.
Ángel Sáez García