HAY QUIEN DETESTA LEER LIBROS MALOS
Esa acción, teniendo en cuenta la mesura y la perspectiva prudente que conceden los años, no la juzgo ahora de manera tan severa como lo hice otrora, dañina, nociva, perniciosa, si el ejemplar es breve o dejo pronto su lectura, pues causa o da sopor. Nadie es capaz de imaginar lo agradecido que se puede estar al autor que los creó y firmó, como lo está, verbigracia, servidor, al que, de vez en cuando, le cuesta Dios y ayuda conciliar el sueño, ya que los tales son para al abajo firmante la panacea, mano de santo, ya que basta con que lea unas pocas páginas (a veces, solo son necesarias cuatro o cinco) para quedarme roque, frito.
Quien haya leído, de modo atento y concienzudo, el “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián, acaso halló en el adagio 105 el argumento definitivo que apoyó su dictamen interino: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”.
Además de que no hay mal que por bien no venga, y de que Plinio el Viejo acostumbraba a alegar lo que su sobrino Plinio el Joven dejó apuntado, que no hay libro que sea tan malo que no aproveche en alguna de sus partes, no suelo abominar (o aborrecer, aunque reconozco que alguna vez lo he hecho) de los libros malos, por lo bueno que me aguarda o espera. Tras llevarme a la vista un libro ilegible, me digo, qué suerte he tenido, porque, como el siguiente sea bueno y aun excelente, le voy a extraer cuantos fundamentos o meollos encierran sus páginas, seguro. Y es que, si uno leyera solo lo óptimo no le sacaría todo el jugo o zumo que contiene, todo el partido o provecho a las gemas o joyas que acarrea. ¿Por qué? El quid o la razón pertenece también al autor conceptista aragonés del segundo y áureo siglo literario, a Gracián, sí: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.
Cuando leo y gozo un montón haciéndolo, noto que me brillan los ojos y me brotan unas ganas irrefrenables de leer más libros del autor que diseminó en el que estoy leyendo tantas alhajas, pues tanto me gusta lo que escribe, el fondo, como cómo lo escribe, la forma, el estilo. Unas veces me concedo el premio o regalo y otras me lo deniego. Cuando acaece lo segundo, casi siempre hay una razón de peso que lo impide. Tiran de mí dos o tres ideas que he cazado al vuelo o pescado sin anzuelo, que, de mancomún, reclaman, de forma machacona, mi atención y concentración, a la hora de discernir o disertar sobre ellas, sin posibilidad de procrastinar dichas tareas.
Ahora entiendo, si no perfectamente, en su total integridad, el grueso de lo que quiso dar a entender Jorge Luis Borges, cuando adujo esto: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído”.
Hoy, por ejemplo, quisiera disponer de tiempo suficiente para leer todo lo bueno y aun óptimo que no he leído (entreverado de algo malo y hasta pésimo) y poder releer, al menos, una vez más, los libros clásicos que tanto disfruté la primera, la segunda y la tercera vez, certera, sí, también, su anagrama, que lo hice, que me los llevé a los ojos. Sé que eso va a ser meramente imposible, pero ahí está, precisamente, su gracia, en esforzarme para que sea posible. Muchas noches, antes de conciliar el sueño, tengo la certeza de que, durante un segundo, al menos, ese sueño puede un día devenir realidad. Y me duermo como un bendito bebé.
Ángel Sáez García