Palpito Digital

José Muñoz Clares

El miedo de mi hija

A mi hija la vikinga –vive y es profesora en Noruega- la ha reunido hoy su rektor con el claustro de profesores de su instituto y les ha mostrado pasadizos subterráneos donde se pueden refugiar en caso de que los alcance la guerra. Y en las farmacias noruegas se han agotado unas pastillas recomendadas para contaminación por radioactividad. También hoy (1 de marzo), en la frontera de Polonia con Ucrania una periodista ha interpelado a Boris Johnson: os pedimos que defendáis nuestro cielo y no lo hacéis porque teméis a la tercera guerra mundial, y esa guerra ha empezado ya.

Si es cierto que la III GM ha comenzado, alguna vez los libros de historia dirán, si para entonces alguien sigue escribiendo historia, que la destrucción del planeta y de nuestra civilización comenzó en febrero de 2022, cuando la nueva Unión Soviética invadió, masacró y se anexionó Ucrania, completando así lo que empezó con la anexión de Crimea.

Conviene recordar que la segunda guerra mundial empezó siendo europea hasta que se extendió al Pacífico y África, y acabó siendo mundial sólo después del traidor y cruel ataque a Pearl Harbor en la madrugada del 7 de diciembre de 1941. Hasta entonces la guerra, por extensa que fuera, había sido regional; a partir de ahí, con la entrada de EEUU en las operaciones, se convirtió en mundial y acabó afectando a todo el planeta. Y también conviene recordar que aquella guerra acabó con el lanzamiento de las dos primeras bombas atómicas, a las que sobrevivió Japón y el resto de países, incluso los más cercanos, como China.

La pregunta ahora es si podremos sobrevivir al lanzamiento masivo y recíproco de muchas bombas atómicas de las de hoy, miles de veces superiores en destrucción a aquellas primeras Little boy y Fat Man que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. La bomba Zar, detonada en 1961 por la URSS en un archipiélago del ártico, multiplicó por mil la potencia de aquellas inofensivas primeras y exitosas hijas del Diablo: de 50 habíamos pasado a 50.000 kilotones. Son de Hidrógeno y destruyen todo en un radio de 55 kilómetros. De hecho, la bomba Zar rompió cristales en Noruega y Finlandia y su onda expansiva dio tres veces la vuelta al mundo. Las de hoy son, necesariamente, peores que las de 1961.

Así que tenía razón Einstein cuando, después de impulsar la creación de las primera y vistos sus resultados, se esforzó cuanto pudo por convencer al mundo de que no iniciara una carrera nuclear. Y tenían razón cuantos nos han advertido del peligro de la energía atómica para uso militar y han soportado estoicamente que los tachen de pacifistas de mierda y de cosas mucho peores.

Así que mi hija tiene miedo y yo también. Y dentro de poco sabré que mis preciosos nietos vikingos, niña y niño de 9 y 7 años, empezarán a sentir el miedo que se expandirá por la sociedad escandinava dada su cercanía al nuevo Hitler y la certeza de que estos nuevos nazis ya han amenazado a Finlandia y Suecia. Mi hija vive a menos de cien kilómetros de la frontera sueca, hasta el punto de que muchos noruegos hacen su compra semanal en supermecados suecos, los suecos compran en supermercados daneses y los daneses hacen sus compras en Alemania por una encadenada cuestión de precios y cercanías. Todos estamos en el mismo barco. Nosotros también. La única noticia tranquilizadora es que China ha reafirmado su inquebrantable apoyo a Ucrania, y quizás eso disuada a los nazis de seguir por el horrible camino que han iniciado, porque una alianza mundial que incluya a China asegura la destrucción absoluta de la neo URSS que pretende reconstruir el zar Putinazi.

¿Aceptamos la toma de Ucrania como mal menor, como hicimos en 1939 con Polonia, o empezamos ya la que será, sin duda, una guerra larga, cruel y devastadora como no somos capaces de imaginar? Lo que entonces acababa con ciudades hoy acabará con regiones y, a nuestra escala, con comunidades autónomas, con países enteros…

Y volveremos a ser cazadores y recolectores si quedan animales que cazar y hierbas que recolectar.




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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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