Palpito Digital

José Muñoz Clares

Einsatzgruppen

El término einsatz debe ser uno de las más polisémicos de la lengua alemana. Cualquier traductor en línea les ofrecerá resultados en el campo semántico de aplicación, ataque, misión, función o entrada en acción. Lo más corriente es denominarlos grupos ejecutivos o de operaciones. Los formaban miembros de las SS (Escuadra de Protección), SD (Servicio de Seguridad), nazis conversos, y personas comunes y corrientes de entre la población alemana que se prestaron, junto con los conversos, a ejecutar la solución final de problema judío (Endlosung der Judenfrage) acatando la orden expresa de asesinar masivamente a la población judía de la Rusia ocupada, a izquierdistas, gitanos y, después, en la despiadada Aktion T4, a deformes, enfermos físicos y mentales … de cualquier sexo y edad. El libro que hay que leer es Los verdugos voluntarios de Hitler, del profesor Goldhagen.

De entre las hazañas de aquellos grupos de operaciones destacan la matanza de intelectuales y militares polacos del bosque de Katyn, con 21.000 víctimas ciertas, desenterradas e identificadas al hilo de la Segunda Guerra Mundial, el fusilamiento masivo de Babi Yar, donde se fusiló en relación 1/1 (un tirador, un disparo, una víctima) a más de 33.000 hombres, mujeres y niños judíos, y la masacre de Odesa, donde las víctimas superaron los 50.000. Babi Yar se encuentra en las afueras de Kiev y Odesa al sureste de Ucrania y, como ahora hacen estos nuevos einsatzgruppen rusos y nazis, también entonces los nazis genuinos negaron toda responsabilidad por los hechos. De lo de Katyn estuvieron años culpando a los rusos pero al final se impuso la verdad hasta el punto de que un tribunal llamado “de los Einsatzgruppen” envió a la horca a 14 de los responsables de aquel horror, más que en el juicio de Nurenberg.

Resulta tragicómico que las pruebas de todos aquellos crímenes fueran documentadas por eficientes militares que registraron minuciosamente el número de víctimas, sexo, raza, lugar y hora en que se desarrollaron los asesinatos. Eran tantos aquellos informes, en los que no dejaba de transparentarse cierto orgullo profesional, que sobrevivieron a la destrucción de vestigios y pruebas a la que se entregaron febrilmente los nazis desde finales de 1944. Busquen en internet “informe Jäger” y no lean más allá de lo que su sensibilidad les permita. Jäger se suicidó en prisión después de que apareciera su informe, a primeros de los 50. La caída de los dioses de la época nazi fue una orgía de sangre, violencia y sesos desparramados.

Ahora aquella contabilidad que llevaron los nazis no la llevan concienzudos los asesinos militares rusos que andan sueltos por Ucrania con la lección bien aprendida: hay cosas que no se hacen, si se hacen no se dicen y si se dicen se niegan. Y se limitan a negar porque ahora esa contabilidad la llevan los móviles. Los soldados rusos hablan entre sí con móviles como el suyo y el mío, no satelitales y, por tanto, fácilmente pinchables, de modo que contamos con la descripción de cómo una unidad disparó y mató a un civil que circulaba pacíficamente en bicicleta y, mucho más revelador, cómo un oficial ordenaba por teléfono a sus subordinados que a los civiles les peguntaran primero y les dispararan después.

Tras la locura nazi y la reafirmación del Derecho que conocemos como “los juicios de Nürenberg” –aunque hubo muchos más- no podemos ahora flojear con quienes pisotean la evolución que nos ha conducido a una cultura que mira asqueada a todo aquel que quiere imponer a otros su voluntad por las armas, someter a seres libres reduciéndolos a la esclavitud, saquear sus países, violar a sus mujeres, destruir cuanto les plazca…

Cuando por fin ganemos esta guerra y echemos a los rusos de vuelta a su país, liberemos Ucrania y fortalezcamos las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania para contener a esos asesinos compulsivos, en poco tiempo estará todo documentado y los responsables de esta guerra no podrán pisar más países que los que ahora los apoyan: el resto del mundo civilizado será territorio hostil para ellos, para sus familias, amigos, vecinos…

A Putin y a su camarilla hay que juzgarlos públicamente en un juicio justo con todas las garantías que ellos no dan a sus víctimas. Y de momento encerrarlos en su propio país a base de sanciones, prohibiciones y músculo defensivo. Echarlos de las instituciones, de las redes sociales, de la cooperación universitaria, del mundo del arte, del deporte, del turismo…

Hay que esperar. Lo que más temen los rusos es que vuelvan los años del hambre, los 90, cuando el fraude comunista colapsó y, de pronto, quien tenía 5000 rublos con los que podía vivir años en la economía intervenida, al día siguiente con ese dinero no podía ni comer. Una moscovita y su hija adolescente estuvieron durmiendo en el bosque y aseándose en los servicios de las estaciones del metro un año y medio. A ese miedo al hambre se une ahora la cantidad de cajones de zinc en que regresan miles de muchachos empujados a hacer una guerra del siglo pasado en un mundo de misiles, drones, satélites y conocimientos militares avanzados, no de la vieja escuela mera horda numerosa, desechable y reponible. ¿O ustedes apostaban por Ucrania al comienzo de la invasión? Los ucranianos están dando un ejemplo de coraje e inteligencia. Han hecho de nuevo bueno el trágico himno de los héroes, el Dulce et decorum est pro patria mori.

Como de todas las guerras, saldremos fortalecidos a través de la atroz pedagogía de la muerte, el hambre, la enfermedad… China tiembla aterrorizada por la extensión imparable de la variante Ómicron del COVID. ¿Recuerdan? La que de pronto nos hizo vivir rodeados de contagiados leves pero con secuelas más o menos intensas y graves.

Esto es como lo de Casablanca: el mundo se derrumba y nosotros nos enzarzamos en una guerra.

De locos.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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