MOSCÚ SIN BRÚJULA

Lituania: Música y Cicatrices (XXXV)

Lituania: Música y Cicatrices (XXXV)
Funeral por los independentistas lituanos muertos por el Ejército Soviético el 13 de enero de 1991. PD

Arturas Zuokas mostraba orgulloso el recuadro en letra negrita publicado en la primera página de Respublica, el combativo diario lituano.

«¡Veintinueve estados!», decía esbozando una sonrisa deslumbrante.

«Ya nos han reconocido diplomáticamente veintinueve estados.»

En la lista, para hacer bulto, junto a países del peso internacional de Dinamarca, Suecia y Argentina, los no excesivamente escrupulosos redactores habían metido de rondón a Estonia, Letonia, Moldavia, Croacia y un buen número de «repúblicas» en estado de proyecto, pero a Arturas no parecía importarle.

«Mañana llega a Vilna un enviado francés, para entrevistarse con el presidente Vitautas Landsbergis, y cada hora se anuncia una nueva visita. Lo más bonito es que los diplomáticos extranjeros entran sin visado soviético y nadie se atreve a decirles nada. ¡Esto es ya imparable!».

Arturas, que entonces tenía 25 años y seguía soltero, había coincidido con Igor Mihalev y conmigo en Bagdad, durante la I Guerra del Golfo. 

Con el tiempo llegaría a presidente del partido político Lituania Freedom Union y incluso a alcalde de Vilna, puesto que ocupó de 2000 a 2007 y nuevamente de 2011 a 2015.

De 2008 a 2009 fue miembro del Seimas, el Parlamento lituano, pero a finales de 1991 era un simple periodista, nacionalista hasta la médula, se ganaba la vida contemporizando su ocupación en la Independent Television News, con tareas de apoyo a los corresponsales extranjeros que abarrotaban el Hotel Lituania, con un servicio detestable, pero el más grande, lujoso y aparente de los que funcionaba en la república báltica.

Arturas Zuokas.

«Hemos entrado en la fase de la alta política», aseguraba agitando de nuevo la primera página del periódico Respublica.

«Hace casi dos años, el 11 de marzo de 1990, nos declaramos independientes y llevamos ya muchas manifestaciones a la espalda. Hemos conseguido que los jóvenes no vayan al servicio militar y ahora sólo falta que se retire de nuestro territorio el Ejército Rojo. El presidente Landsbergis siempre ha dicho que ese día será el de la independencia real.»

En el pasado familiar de Vitautas Landsbergis había un incómodo fantasma: la posible colaboración de su padre con los nazis y su silencio ante la matanza de judíos.

Ni esa sombra, ni sus maneras suaves y su aire frágil, le han impedido convertirse en líder indiscutible y primera autoridad intelectual de la república.

Su trayectoria no había sido la de un romántico como el polaco Lech Walesa. Ni siquiera se parecía a esos heroicos disidentes, que desafiaban al Kremlin y fascinaban a Occidente, como el georgiano Zviad Gamsajurdia o Andrei Sajarov.

Tras el Telón de Acero, no medraban confortablemente los partidos democráticos y en lugares como Lituania, cuando llegó el momento de la verdad, fueron los intelectuales, los poetas y los artistas los que llenaron el hueco de los políticos profesionales.

Landsbergis era un buen ejemplo. Profesor de Musicología en el conservatorio de Vilna, inicia su carrera en octubre de 1988, cuando un puñado de nacionalistas lituanos funda el movimiento independentista Sajudis y lo escoge como jefe.

Pequeño de estatura, con traje gris y porte casi humilde, Landsbergis escondía bajo su aspecto inofensivo una pasión jesuítica por el trabajo político.

El profesor Vitautas Landsbergis.

No se dejó arrastrar ni un segundo por la euforia y se opuso rotundamente, desde el primer instante, a cualquier forma de violencia.

En septiembre de 1990 fue elegido presidente del Parlamento de Lituania y utilizó hábilmente el puesto para acumular respetabilidad internacional.

Su tesis, que paseó con perseverancia de hormiga por todos lados, era que la invasión pactada por Hitler y Stalin en 1940 había interrumpido temporalmente un proceso y la única opción del Kremlin era permitir su reanudación.

Uno de los más lastimosos errores de Gorbachov fue no darse cuenta a tiempo de que aquello era imparable.

En enero de 1991, el amo del Kremlin, aconsejado por Kriuchkov y los «duros», despachó tropas hacia Lituania y autorizó una bestial masacre en los estudios de televisión.

Fue un crimen espantoso e inútil. Siete meses después, al rebufo del fracasado golpe, sin siquiera molestarse en informar a Gorbachov, el profesor Landsbergis y los nacionalistas rescindieron un pacto de servidumbre con Moscú al que jamás habían dado su consentimiento.

Ocupación soviética de los países bálticos y deportaciones masivas a Siberia.

Como en la de muchos lituanos, en el tono de voz de Arturas vibraba el odio.

El periodista evocaba nostálgicamente el año 1919, cuando nació la república y hablaba con ira de 1940, cuando Alemania y la URSS se repartieron el este de Europa.

«Perdimos nuestra independencia el día que el Ejército Rojo entró a sangre y fuego en Vilna y comenzaron las deportaciones masivas hacia Siberia. Nunca se sabrá el número exacto de lituanos que el déspota Stalin envió a morir y padecer en la tundra siberiana, pero fueron más de 200 000.»

En inglés, peleando con cada palabra con verdadero ardor, Arturas detallaba la espantosa peripecia de su propia familia.

«En 1948 los soviéticos arrestaron a mi abuelo y a sus hijos mayores, incluida la que después sería mi madre. Los enviaron en un tren sellado a Igarka. No volvieron hasta 1968.»

El joven hablaba inclinado hacia adelante, absorto, con los ojos encendidos de excitación.

Juraba que sus parientes y los que retornaron pasados los años se estremecen todavía al evocar aquella época y las horribles experiencias.

Añadía que cada lituano, casi sin excepción, contaba entre sus parientes a alguien que sufrió los latigazos, el horror de la congelación y el confinamiento solitario.

«No hay sentimiento humano más poderoso que el rencor. Esos recuerdos han servido para mantener vivas las brasas del independentismo. Nosotros nunca hemos sido parte de la URSS. Ni siquiera de la Rusia de los zares.»

Lituanos deportados a Siberia por Stalin.

No fueron los lituanos los que más sufrieron los rigores del totalitarismo y la esquizofrenia de los amos del Kremlin.

Las cifras varían, pero se calcula que una de cada tres familias soviéticas experimentó directamente el horror de las purgas estalinistas.

En enero de 1924, cuando falleció Lenin, el Estado Proletario estaba ya perfectamente montado.

En círculos académicos occidentales y en la propia ex Unión Soviética se tiende a juzgar con benevolencia y admiración a Lenin, olvidando que fue el constructor de la tiranía más implacable que el mundo había visto.

Hasta Lenin, las dictaduras personales habían sido fenómenos limitados en el tiempo o al menos estaban condicionadas por instituciones como la Iglesia, los burgueses o la aristocracia.

Incluso las más despiadadas autocracias daban por supuesto la existencia de una fuerza superior, un Dios o una religión, que actuaba como freno. La utopía despótica levantada sobre las cenizas del Imperio de los zares carecía de contrapesos o inhibiciones.

Los curas, los nobles y los banqueros habían sido barridos. Todo lo que quedaba era propiedad del Estado o estaba bajo su control y todos los hilos estaban en manos de un minúsculo grupo de hombres sometidos a la caprichosa voluntad del supremo secretario general del Partido Comunista.

Cuando desapareció Lenin, el monstruo del Estado Totalitario estaba ya perfectamente montado.

Prisioneros en el gulag de Stalin.

Lo único que se puede decir en su descargo es que probablemente no hubiera sido tan terrible y aberrante de no haber tenido a la cabeza durante las tres décadas siguientes a un sátrapa de la catadura de Stalin.

El sucesor de Lenin estaba bastante mejor dotado para la carnicería que él. Ex seminarista, mitad gángster y mitad burócrata, no tenía ideales, ni ideología propia.

Para colmo era un hombre acomplejado, atormentado por su aspecto, que gozaba haciendo sufrir.

Stalin medía sólo un metro sesenta, tenía la cara picada de viruelas, los dedos segundo y tercero del pie izquierdo soldados entre sí y, debido a un accidente sufrido en la infancia, un brazo más corto que el otro.

Su mano izquierda era perceptiblemente más gruesa que la derecha, algo que sabía muy bien Nalbadian, su pintor oficial, quien se preocupó de retratarlo siempre desde abajo, realzando su porte, lo que permitió al artista salvar reiteradamente el pescuezo.

Stalin.

Resulta una broma macabra repasar lo que muchos intelectuales, que se consideraban idealistas y creían servir a una causa elevada, expresaron acerca de la URSS y Stalin.

El escritor chileno Pablo Neruda sostuvo que era «un hombre de principios y de buen carácter». En realidad era un monstruo abyecto.

En su libro Tiempos Modernos, el británico Paul Johnson señala que odiaba a los occidentales «del mismo modo que Hitler odiaba a los judíos» y por eso destruyó o aisló en campos de concentración a todos los que habían tenido contacto con ideas no soviéticas, fueran héroes de guerra, miembros del partido que habían ido a servir en el exterior o periodistas que habían luchado con las Brigadas Internacionales en España.

«La caza de brujas se desencadenó el 14 de agosto de 1946», escribe Johnson.

«Aleksandr Fadeev, que recibió el premio Stalin por su novela de guerra La Joven Guardia, tuvo que reescribirla en 1947, de acuerdo con la rigurosa línea partidaria. Se denunció a Muradelli por su ópera La Gran Amistad. La persecución se concentró en la Novena Sinfonía de Shostakovich; aterrorizado, el compositor se apresuró a crear una — oda que elogiaba el plan de forestación de Stalin.»

Ni siquiera se libraron del hostigamiento personajes como Eisenstein, cuyo filme Iván el Terrible fue criticado porque menoscababa a su protagonista.

También se condenó la teoría de la relatividad de Einstein.

Stalin envió al Gulag a millares de pensadores, artistas y académicos y colocó en su lugar a chiflados y farsantes.

Era tal el terror que despertaba que Leonid Leonov, un novelista cristiano, llegó a publicar en Pravda un artículo proponiendo basar el calendario en la fecha de nacimiento de Stalin y no en la de Cristo.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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