REFLEXIÓN SOBRE EL PERIODISMO ESPAÑOL ACTUAL EN EL DEBATE

Mayte Alcaraz sobre los periodistas-masajistas que acuden raudos en apoyo del régimen, en lugar de preguntar o investigar

La veterana periodista firma una columna que radiografía la deriva profesional y ética de la prensa española, entre el servilismo y el descrédito

Mayte Alcaraz sobre los periodistas-masajistas que acuden raudos en apoyo del régimen, en lugar de preguntar o investigar

La profesión periodística atraviesa una encrucijada en España.

El descrédito, la pérdida de referencias y la proximidad al poder definen un escenario donde el periodismo parece difuminarse, convirtiéndose en algo “parecido” pero no idéntico a lo que fue.

En este contexto, Mayte Alcaraz publica una columna devastadora en El Debate, en la que hace un retrato crudo de la situación actual de este gremio. El título es significativo: Periodistas o algo parecido.

Pero en el subtítulo que destaca la autora, va a todo y sin anestesia:

«Antes, los periodistas éramos llamados por la Justicia a defendernos cuando alguien presentaba una denuncia por vulnerar sus derechos a la intimidad o la propia imagen. Ahora, algunos van voluntariamente a testificar para sacar de un apuro a un altísimo funcionario del Estado».

Desde el primer párrafo, plantea sin rodeos la cuestión central sobre la degradación profesional y la confusión de roles en las redacciones y pasillos del poder, aunque aclara que no es un «ajuste de cuentas» ni detalla los nombres. Pero con su estilo directo y desprovisto de ambages, Alcaraz denuncia los comportamientos de esos periodistas afines al sanchismo cuyo servilismo ha desplazado los valores tradicionales del oficio:

«Hoy no los reconozco profesionalmente. Ni los admiro. Ni los respeto. Ya son parte de una foto sepia, poso de una profesión que está herida de muerte. Todos ellos, con la pátina del tiempo como estandarte de la edad, que no de la veteranía en valores, y los galones de la decencia profesional arrancados, se han transformado en agentes del sistema”

El texto prosigue con su reflexión sobre el cambio de postura de muchos reporteros, con los que no encuentra diferencias con esos «vomitivos» tertulianos que replican el argumentario que le bajan desde Moncloa y Ferraz según el tema que toque, siendo capaces de hacer cualquier trampa -e incluso contradecirse- para defender al Gobierno de Pedro Sánchez.

“Son activistas camuflados de periodistas. Yo esto no lo vi venir. Estoy acostumbrada a debatir con pseudo analistas, personajes vomitivos alimentados a partes iguales por los partidos y por radios y teles para repetir como papagayos las mentiras y los argumentos del sanchismo. Pero quise diferenciar entre estos —algunos hasta imputados y luego contratados por cadenas públicas— y los plumillas de toda la vida que, aunque escribieran en periódicos con ideario diferente a aquellos en los que yo trabajé, aún conservaban cierta honestidad y respeto a códigos deontológicos casi en desuso.”

Alcaraz considera que los otrora profesionales de la información son peores que esos personajes que invaden las tertulias para difundir el argumentario:

«Por lo menos, a los pancarteros sin oficio ni beneficio enviados por Pedro Sánchez a las tertulias les reconozco una justificación: la imperiosa necesidad de juntar un suculento salario a fin de mes que jamás cosecharían en sus profesiones originales —sindicalistas, abogados, politólogos— donde son la escoria del gremio»

A lo largo de su columna, la periodista recuerda cómo antaño existía una cultura del contraste y la verificación exhaustiva de los hechos, valores ahora supeditados al vértigo de la inmediatez digital y a la presión por agradar al “cliente” institucional o empresarial. Alcaraz cita ejemplos concretos sobre cómo ciertos medios han dejado de lado su función vigilante para acomodarse a los intereses gubernamentales o corporativos.

“Los grandes medios firman pactos tácitos con quienes reparten los millones en publicidad institucional. Los pequeños sobreviven esperando una transferencia salvadora. Todos repiten consignas parecidas porque temen quedarse fuera del reparto.”

El diagnóstico se completa con una referencia explícita a los miembros de la Brunete Pedrete, término irónico utilizado para describir a ese conglomerado mediático aliado —por convicción o necesidad— con los intereses del gobierno de Sánchez, que se han entregado a un nivel tal, de llegar el extremo de defender al fiscal general:

“Estos autotitulados catedráticos en Teoría de la Información han olvidado que la prensa debe ser incómoda con el poder, analizar el comportamiento público de los poderosos, escudriñar su relación con el dinero y las influencias públicas; en las antípodas por ejemplo del hecho insólito de que un informador acuda a los juzgados a salvar a un fiscal general procesado («es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas», sostenía Larra)”

La ‘Brunete Pedrete’ y la APP: masajistas del poder

Mayte Alcaraz ha dedicado varias columnas a describir las dinámicas internas del Congreso de los Diputados, donde los reporteros acreditados por la APP (Asociación de Periodistas Parlamentarios) actúan —según sus palabras— más como facilitadores o masajistas del poder que como profesionales independientes.

  • Se constata una creciente tendencia a evitar preguntas comprometidas.
  • Los reporteros se alinean con las estrategias comunicativas oficiales.
  • Se ha normalizado el papel decorativo del periodista parlamentario.
  • La crítica queda relegada por temor a represalias o pérdida de privilegios.

Alcaraz subraya con ironía cómo estos comportamientos afectan al conjunto del sistema democrático:

“En el Congreso ya no se fiscaliza; se masajea. Los reporteros acreditados por la APP esperan turno para lanzar preguntas blandas, muchas veces pactadas. Si algún diputado se sale del guion o responde con dureza, enseguida es reprendido por los guardianes del buen tono.”

Este fenómeno no solo genera frustración entre quienes aún defienden un periodismo crítico; también refuerza la percepción ciudadana de que existe un pacto no escrito entre informadores y poder político.

“Así se construye una realidad paralela donde todo encaja y nada chirría: el Gobierno nunca comete errores graves; la oposición siempre exagera; los problemas reales quedan difuminados bajo toneladas de titulares complacientes.”

El análisis concluye con una llamada velada —sin juicios políticos ni valoraciones explícitas— a recuperar el sentido original del periodismo como contrapeso esencial dentro del juego democrático:

“Quizá algún día recordemos lo que fuimos e intentemos volver a serlo. Mientras tanto seguiremos siendo periodistas… o algo parecido.”

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