OPINIÓN / Afilando columnas

Millás (El País): «La convención del PP fue una conferencia masturbatoria con gabardina de exhibicionista»

Enric González: "Los partidos políticos son los que más saben de escraches salvajes y delictivos"

Desde las tierras argentinas no nos llegan tan sólo las noticias de la buena vida que parecen darse los miembros de la corresponsalía de RTVE en Buenos Aires —El cachondeo de las corresponsalías de RTVE: 8.660 euros en taxis en Buenos Aires y 6.641 euros por comidas en Moscú–. También han aterrizado a lo largo de los últimos años diversas palabras, entre ellas ‘escrache’. No nos engañemos, no eran demasiados los que conocían el significado de tal vocablo a inicios de 2013, y poco más de un año después todo el mundo pronuncia esas sílabas como si las hubiera conocido desde su más tierna infancia. Y una vez más, el 7 de febrero de 2013, los escraches se convierten en uno de los temas estrella de las secciones de opinión de la prensa de papel española, en esta ocasión por la sentencia dictada por una ex asesora de una ministra socialista legalizando el acoso ante su casa de la vicepresidenta del Gobierno de Rajoy.

Hacemos tocar nuestra armónica de afilador, y damos cuenta de las columnas dedicadas a este y otros temas.

Arrancamos en esta ocasión en la contraportada de El País, donde Juan José Millás habla sobre la convención del PP en Valladolid de unos días antes. Titula Exhibicionismo:

Observada con perspectiva, la convención del PP en Valladolid apesta a ejercicio de onanismo. Nada raro: las ganas de masturbarse atacan en los momentos más inoportunos.

Concluye:

Y ahí estuvieron, dale que te pego, desde el viernes hasta el domingo. Aparecían por la tele descorbatados, con las camisas y las blusas más abiertas de lo conveniente y la expresión del que atiende a un delirio interior más que a las demandas del exterior. Ahí los veías, por los pasillos del centro de convenciones, entre agotados y culpables, deleitándose en unas fantasías de recuperación económica que nada tenían que ver con la realidad extramental. No terminamos de comprender la publicidad con la que se entregaban a sí mismos, como si al placer solitario necesitaran añadir el extra de la ostentación. Una conferencia masturbatoria, en suma, con gabardina de exhibicionista.

Este humilde lector de columnas ha de reconocer que se ha reído con el artículo, hasta que le ha llegado a la mente una imagen un tanto perturbadora. Imaginar a Rajoy, Arenas y Floriano abriéndose una gabardina bajo la que no llevan nada parra actor seguido entregarse al placer solitario es algo poco recomendable por la mañana. El desayuno se ha revuelto en nuestro estómago. Pero seamos serios. En realidad, dudamos que haya algún evento de este tipo organizado por un gran partido que no esté planteado como eso, un ejercicio de autosatisfacción dedicado a levantar los ánimos (que no otra cosa) de los afiliados y con mucha exhibición mediática.

Cambiamos de periódico y tema, incluso de partido político al que está afiliado el protagonista del siguiente artículo. En ABC, David Gistau dedica ‘Un, dos, tres’ al boicot que pretendió emprender Rafael Simancas contra Coca-Cola. Adelantemos que el título hace referencia a la genial comedia de Billy Wider sobre la Guerra Fría en la que se ridiculizaba a los comunistas mediante la hipotética llegada de la famosa bebida al bloque soviético. Dice Gistau del conocido refresco:

Era un brebaje venenoso, inoculador de virus ideológicos, según los comunistas alemanes. Estos trataron de anular la curiosidad y la sensación de inferioridad que pudieran tener los berlineses del otro lado del telón procurándoles sustitutos como la Vita-Cola, cuya etiqueta está ahora estampada en las camisetas de los nostálgicos del Este («Ostalgie»).

Esto nos ha recordado a Cuba, donde el refresco más común es el poco agradable Tu-Kola pero la gente lo que aprecia es una auténtica Coca-Cola, disponible en bares frecuentados por turistas pero más cara que la bebida ‘revolucionaria’.

Concluye Gistau:

Sabotear una empresa porque despide a parte de sus empleados no parece una idea muy sensata: de triunfar, el sabotaje sólo causará aún más despidos. Pero cómo no comprender a Simancas, socialista que, por veterano, en la contemplación de un neón de Coca-Cola aún puede sufrir, como en un reflejo de Pavlov, añoranzas militantes de cuando aquello era el veneno introducido por el enemigo para confundir las voluntades de resistencia. Simancas es de la generación de la Tropi-Cola y de Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda. Es, por tanto, un tardío Otto Piffl, el airado personaje de Billy Wilder en «Uno, dos, tres».

Sin salir del diario madrileño de Vocento nos encontramos con el primer artículo dedicado a la sentencia sobre los escraches. Lo firma Jaime González y se titula Juez y parte. Tras recordar que la juez Isabel Valldecabres tiene un Máster en Liderazgo para la Gestión Política de la Fundación Ideas –la de Amy Martins, creada por Zapatero–y que ha asesorado hasta a tres ministros del PSOE, así como que consideró amenazadoras las cartas contra la ‘miembro’ más destacada del Ejecutivo de ZP contra su reforma de la Ley del aborto, dice:

El verdadero problema de fondo está en que la política ha roto la separación de poderes y convertido el ámbito judicial en un coto privado de intereses partidistas. Ese es el drama: que para ascender en el escalafón de la judicatura prime más la proximidad al PSOE o al PP que el mérito y la profesionalidad. La desconfianza en el Estado de Derecho es una consecuencia natural, tan lógica que ya no resulta en absoluto impertinente preguntarse si el magistrado que te ha de juzgar es de izquierdas o de derechas. Conocer la ideología de los jueces -algo que si la Justicia fuera independiente sería irrelevante- se ha convertido en una cuestión esencial. Casi de legítima defensa.

Lo cierto es que, con independencia de la opinión que le merezca la sentencia a cada uno, una juez tan vinculada a un partido nunca debería tener nada que ver con un juicio relacionado con otra formación política, ni con aquella con la que está relacionada.

Quien no comparte la indignación del PP, y de muchos periodistas, con la sentencia es Enric González. De hecho, al columnista de El Mundo parece indignarle que desde el partido del registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante se recuerde los vínculos de la juez con el PSOE. González titula Más escraches.

Compara el escrache a la vicepresidenta del Gobierno con las críticas a la magistrada:

Otra cosa es la calidad intrínseca del escrache que nos ocupa. Una birria, francamente. Un esperpento de aficionados. Un escrache como es debido se monta desde la política y se realiza desde la prensa, y sale estupendo cuando la víctima es un juez.

Concluye:

Los escraches de los partidos son una cosa muy seria. No te hacen pasar una mala tarde: arruinan tu prestigio y, si te descuidas, te dejan sin empleo. Miren, en materia de armas químicas hay que preguntar a Bachar Assad; en materia de descuartizamientos, a Jack el Destripador; y en materia de escraches salvajes y delictivos, a los partidos políticos. Son los que más saben.

El afilador de columnas no va a justificar en ningún caso las constantes presiones de los partidos y los sindicatos sobre los jueces que llevan casos que les afectan, ni tampoco la vomitiva politización de la justicia española. Pero en este caso la reacción del PP nos parece más que justificada. ¿En serio alguien puede confiar en la imparcialidad de una magistrada que está tan vinculada al PSOE? Es como pretender que existen los unicornios.

Más cerca del González de ABC, Jaime, que del que escribe en El Mundo, Enric, se sitúa Pedro Narváez en La Razón. Titula Escrache a la Justicia. Sin embargo, él no se refiere a la juez sino al contenido de la sentencia:

Creíamos que un juez ante la prueba objetiva del insulto y la agresión no tardaría un minuto en dictar sentencia contra el violento. Resulta que no, que primero está la libertad de expresión. Bien, si me acogiera a ese argumento, el de la libertad de expresión sin límites porque me avala, a decir de la Audiencia de Madrid «la partcipación democrática», las líneas que llevo redactadas en la cabeza y que debieran seguir este artículo me llevarían a la cárcel. Si alguien quiere conocerlas que me las pregunte en privado.

Concluye:

Las fieras enseñan los dientes a la vicepresidenta, las Femen colocan ante Rouco un catálogo de tetas, y no pasa nada, pero en mi comunidad de vecinos sancionan a quien deje una colilla en el jardín (no he sido yo, les doy mi palabra). El teatro del absurdo que puede acabar en tragedia. El día en que la coacción termine en drama las togas negras se teñirán de rojo. Hasta entonces no despertarán los mansos.

Que los escraches están mal, es cierto. Que lo de las FEMEN es de pésimo gusto y hasta desagradable por su agresividad verbal es innegable. Pero, hasta donde sabemos, no ha habido agresiones. Hay que tener cuidado con ciertos alarmismos. Y si ya ha habido amenazas de muerte o de palizas, o algún tipo de ataque físico, lo que deberían hacer las víctimas es denunciarlo.

Seguimos en el diario de la ‘disciPPlina’ pero cambiamos de tema. Alfonso Merlos dedica Intransigentes y fariseos a comentar la nueva sentencia contra la inmersión lingüística en el sistema educativo catalán y a la negativa del Gobierno de la Generalitat a cumplirla:

Así son ellos. Extremadamente tramposos en sus planteamientos. veces demagogos, otras embusteros, a ratos simplemente unos fariseos. Lo que clama al cielo es que estos separatistas de barretina y butifarra pidan constantemente respeto a las minorías en su relación con el Estado español pero luego menosprecien y maltraten y aplasten a quienes en el interior de esa hermosísima región no constituyen posiciones mayoritarias (¡viva Cataluña!).

Pero ve motivos para el optimismo:

Porque la consecución plena de la libertad no es lo que hace felices a las personas, es lo que las hace auténticas personas. Y hay una obligación colectiva, esencialmente ética, de dar aliento y fuerza a esos padres y esas madres que se niegan a emigrar al resto de España, a esa buena gente que sólo busca el ejercicio de sus derechos sin cortapisas. Vamos a salvaguardarlo. Van a ganar esta batalla. Por su bien. Por el de todos los que podemos caminar sin gafas de sol y con la cabeza alta.

A este humilde lector de columnas le parece que la sonrisa más blanca de los informativos de 13TV se deja llevar por un optimismo exagerado. Viendo el comportamiento del Gobierno de Rajoy cuando Mas y los suyos han incumplido otras sentencias similares, o su falta de respuesta al desafío independentismo, nos parece de una ingenuidad entrañable ese «van a ganar esta batalla». Ojalá nuestro pesimismo sea el que está injustificado, pero nos tememos que no es así.

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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