Ninguno de los mandatarios de los países hegemónicos creyó nunca que la acción humana fuera la causa de la modificación del clima

Operación cambio climático (V). El control del clima como arma de guerra

Operación cambio climático (V). El control del clima como arma de guerra

Los megalómanos de todas las épocas siempre han querido dominar el mundo, y para ello han comprado y “secuestrado” científicos de renombre y cuando eso no era posible, simplemente los arruinaban social y civilmente o incluso los asesinaban. Controlar las mentes para dominar a la humanidad ya hace décadas que se ha conseguido. Controlar la genética para crear humanos a la carta, o híbridos de humanos y otras especies, también se ensaya desde hace tiempo. Controlar el clima es quizá el mayor reto de los megalómanos, porque controlar las nubes, la lluvia, el granizo, el rayo, la nieve o cualquiera de los meteoros es erigirse en jefe supremo del Olimpo moderno. ¿Son los chemtrails que emborronan nuestros cielos azules, armas de guerra para controlar el clima?

Esto puede parecer un ataque agudo de conspiranoia, pero no es así. Basta con asomarse a los datos concienzudamente extraídos de estudios serios, para ver con toda claridad el origen del problema que estamos tratando, un viejo sueño de científicos sin escrúpulos, aunque con muchos galardones.

No es la primera vez que el control del clima es utilizado como arma. El año 1966, el profesor Gordon MacDonald, que dirigió el Instituto de Geofísica planetaria de la Universidad de California y fue miembro del comité científico de Lindon Johnson, durante cuyo mandato se pusieron en práctica los proyectos contra India, Filipinas y Vietnam, escribió estas curiosas a la vez que escalofriantes palabras, que nos ayudarán a entender el asunto chemtrails y la geoineniería: “En un contexto de paridad nuclear, hay que destacar el potencial del hombre para controlar y manipular el medio ambiente y su planeta. […] Cuando logre este poder sobre el propio entorno, el ser humano tendrá una nueva capacidad para hacer un daño incalculable e indiscriminado. […] Estas armas son particularmente apropiadas para guerras secretas u ocultas”. Esto no lo dice cualquiera, sino alguien perteneciente al comité científico del clima, de un presidente, que está llevando a cabo acciones sobre países. El texto fue publicado en 1969 aunque fue escrito en 1966.

De 1969 a hoy hemos avanzado mucho en el ámbito tecnológico. En ese tiempo, este científico, en su informe “Cómo destruir la Tierra”, explicaba la manera de originar sequías, diluvios, terremotos y maremotos. Es inimaginable lo que se ha avanzado en los cincuenta años siguientes hasta hoy.

La relación entre esta arma de guerra, el calentamiento global y el cambio climático provocado parece más que evidente. Además, paradójicamente, está siendo utilizada a la vista de todos, a pesar de ser un arma secreta. Todos podemos ver los aviones pasear a sus anchas por nuestros cielos, porque cada vez actúan a cotas más bajas de la atmósfera. ¿Por qué a cotas más bajas? La respuesta que algunos investigadores dan a esta cuestión es que, posiblemente, se trate de una prueba médica, es decir, de un proyecto de experimentación con el planeta y los seres vivos que lo habitan, que serían los conejillos de indias. En esta línea existe el temor de que, aparte de las cenizas volantes de carbón, se podría estar dispersando algún tipo de sustancia tóxica. Esta opinión se basa en el análisis de algunos de los componentes encontrados, resultantes de los chemtrails, y también en la dinámica de ensayos con humanos que Estados Unidos ha seguido a lo largo de los años, sobre la población en general y algunos colectivos en particular, sin que los implicados supieran que se estaba experimentando con ellos.

En otro lugar hablamos sobre el experimento Tuskegee y algunos otros. Esta cita del escritor e interesado en el tema, Richard Edmonson, sintetiza esta violación de derechos en la siguiente relación: “… experimentos similares en Guatemala en la década de 1940, en los que unas 700 personas fueron infectadas deliberadamente con enfermedades de transmisión sexual con el fin de probar la eficacia de la penicilina; el estudio sobre la malaria en la cárcel de Stateville, también en la década de 1940; la dispersión aérea de la bacteria Serratia marcescens sobre la ciudad de San Francisco en 1950; los proyectos Bluebird [Pájaro Azul] y Artichoke [Alcachofa], así como el programa MK-Ultra en las décadas de 1950 y 1960, en las que se ensayaron drogas como el LSD para su uso potencial en el control mental y en la modificación de la conducta, y así sucesivamente”. De hecho la lista es bastante larga.

Añade Edmonson que con quien más se ha experimentado es con los militares, léase pobres soldados rasos sin galones. Según un informe del Departamento de Defensa de los Estados Unidos hecho público por un senador de Virginia, en los últimos sesenta años se realizaron experimentos con cientos de soldados. Aparte de diversas armas químicas, en la Guerra del Golfo de 1991 se les administró una vacuna de prueba, supuestamente, para protegerlos de la exposición a agentes biológicos. Estos experimentos se hacen sin el consentimiento informado, y nos consta que no realizan ningún tipo de seguimiento para corregir y subsanar algún efecto adverso para la salud.

Tras este inciso, volvamos con las fumigaciones. Para actuar a cotas cada vez más bajas de la atmósfera, fue necesario buscar una aplicación civil —positiva, claro está— de esta arma. Este patrón fue utilizado en otras ocasiones: con el flúor, por ejemplo, para dar salida a los stocks resultantes de la fabricación de armas tras la Segunda Guerra Mundial, empezó a recomendarse en el cuidado bucal. Otro ejemplo es el de las centrales nucleares, que empezaron a crearse para seguir utilizando la energía nuclear —en plan positivo para la humanidad— después de haber sido lanzadas las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki con el resultado de cientos de miles de muertos y otros tantos con secuelas graves de por vida. Pero la energía nuclear quedaba así bendita, laureada además con el famoso eslogan “Átomos para la paz”.

Insistimos en esto: las cuadrículas que vemos en los cielos, posiblemente sean las huellas de un arma de guerra, porque, repetimos, estamos ante un arma bélica a la que han encontrado usos civiles para poder seguir adelante con su perfeccionamiento. Este uso civil es el siguiente: como llevan varias décadas con las costosísimas cumbres de la Tierra aquí y allá para convencernos de que el planeta se está calentando, debido a la emisión de gases de efecto invernadero, es necesario enfriarlo. Y parece que toda la puesta en escena de los chemtrails es para enfriar la Tierra. Es importante entender esto, porque es el quid de lo que está ocurriendo. Sin embargo, el veredicto de la ciencia no es unánime. Muchos de los científicos de hace cincuenta años no compartían la tesis del calentamiento global, igual que muchos en la actualidad.

Antes de continuar hablando sobre el calentamiento global, la mayor mentira de diseño de todos los tiempos, conviene que hagamos un poco de historia.

De las buenas intenciones del ciudadano y de su miedos —al futuro, a los colapsos financieros, al terrorismo, a las pandemias, a la guerra, al cambio climático o incluso a los extraterrestres— se han servido siempre los que ostentan el poder, para justificar proyectos económicos, políticos o militares, que nada tienen que ver con lo que pretenden vender en sus discursos floridos.

En las últimas décadas, todo lo referente al clima y al medio ambiente ha sido utilizado con fines políticos por los mandatarios de los países más hegemónicos: Richard Nixon, Henry Kissinger, Margaret Thatcher, Jacques Chirac, Barack Obama o Nicolas Sarkozy, de los cuales, en mayor o menor medida, han hecho seguidismo los distintos gobernantes de todos los países del mundo. Sin embargo —nos referimos a los grandes—ninguno de ellos creía que la acción humana fuera la causa de la modificación del clima.

En muchas ocasiones, son sus gabinetes o think tanks los encargados de elaborar estrategias, con vista a implementar medidas o ideas que les favorezcan, pero en otras se sirven de las iniciativas de los bienintencionados, que debidamente procesadas y aderezadas las vampirizan para sus propios fines.

Referente al tema del clima, veamos un ejemplo: En 1969, a petición de un pacifista se propone instaurar el Día de la Tierra. La idea es muy bien recibida por el entonces presidente de la ONU, U-Thant, pero esto no alcanza ninguna relevancia política. Por aquellos días, los pacifistas estaban muy sensibilizados contra la guerra de Vietnam. Es entonces cuando un senador demócrata de Wisconsin decide dar un giro y focalizar el descontento de los opositores a la guerra, hacia la lucha por el clima, exhortándolos a declarar la guerra por el medio ambiente. Se fija entonces el Día de la Tierra el 22 de abril, en el equinoccio de primavera. Ese día, millones de personas se manifestaron en diferentes ciudades pidiendo medidas para luchar contra el deterioro de Gaia, mientras los soldados seguían muriendo en Vietnam. Sin los manifestantes saberlo, habían sido utilizados para dar el giro de 180 grados que convenía al sistema. La ecología se enseñorea del lugar ocupado hasta entonces por el pacifismo y el tercermundismo.

Para la Casa Blanca fue un éxito inesperado y casi de regalo. La ecología pasó a ser una prioridad estadounidense; con ello se frenaba el sentimiento antibelicista y era el punto de partida de la estrategia de dominio de un futuro que estaba comenzando. La manipulación del clima estaba en marcha.

Enseguida empezaron a aplicarse medidas y a imponer leyes sobre la calidad del aire y el agua, así como para la protección del patrimonio natural y el desarrollo de parques y zonas verdes. El presidente Nixon crea entonces la Agencia Federal de Protección del Medio Ambiente. Las políticas del clima enseguida se exportaron y fueron puestas en marcha a través de diferentes cumbres y tratados internacionales. (Continuaremos hablando sobre la Operación cambio climático).

 

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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