Entre Andorra y Gibraltar – ANDALUCÍA

Miguel Higueras.-
El personal de aquella sucursal rezaba de manera teatral y llamaba trabajar a lo que para el resto del mundo era relajo y diversión.
Se achacaba a esas peculiaridades que su supervivencia dependiera de subvenciones que la Dirección General detraía de los beneficios obtenidos en delegaciones que entendían con rectitud el lema “ora et labora”, para las que el trabajo era una obligación fatigosa y la oración una devoción comedida.
En tiempos de bonanza, la Dirección pudo compensar las carencias de la delegación díscola con los beneficios de las dóciles pero una súbita crisis generalizada invirtió la situación y la viabilidad de la primera llegó a ser una amenaza contra la de todas.
Al personal de la sucursal cuya heterodoxa interpretación de las normas se había convertido en una amenaza para todos se le dio un plazo razonable para que, como los demás, rezaran con devoción y trabajaran con dedicación.
Si no cumplían lo que se les pedía, les avisaron, dejarían de percibir los subsidios exteriores y serían expulsados de la organización.
Replicaron los amenazados que el costo económico que su peculiaridad suponía a la organización era insignificante.
Sugerían compararlo con el beneficio que la suavidad del clima, la amenidad del paisaje y la simpatía de los habitantes del lugar del enclave aportaban para que,en pocos días, recuperaran el equilibrio que algunos empleados en destinos hostiles habían perdido durante meses de hosco trabajo.
El jefe de la Sucursal a la que se advertía que podría perder las subvenciones si persistía en rezar sin la devoción tradicional y trabajar sin la dedicación requerida pidió a los 109 concernidos que discutieran y concertaran una respuesta conjunta.
Tres propuestas se debatieron:
Un grupo de 50 aceptó combatir con la oracion y el trabajo la gula, la molicie y la incontinencia sensual,culpables de la poca eficacia de que la dirección se quejaba.
Otros 47 se declararon partidarios de ignorar lo que la Dirección pedía y seguir como si no nada hubiera pasado.
Los nueve restantes dijeron que el trabajo es un arma capitalista para explotar a la clase obrera. la oración una herramienta del fanatismo para enajenar al pueblo y que, para redimir sus crímenes, los explotadores deberían aumentar las subvenciones a los explotados.
Aunque eran más los partidarios de trabajar y rezar como Dios manda, los dos sectores minoritarios discrepantes tenían posturas más fácilmente conciliables.
Se unieron, conminaron a la Dirección General para que siguieran pagando y la disuadiieron de aleccioner sobre el trabajo y la diversión si solo sabía apreciar lo primero y subestimar lo segundo.

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