Al margen – El hombre que comía poco.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Se nace cuando se nace y se muere cuando se muere. En el ínterin, todo es vida, del mismo modo que en el toro, hasta el rabo, todo es toro. Por eso, y por alguna cosa más, hubo algo ominoso en el anuncio tan anticipado, tan innecesario, tan incongruente, de la muerte de don Adolfo Suárez. No merecía ese hombre, creo, esa agonía artificial, mediática, de cincuenta y tantas horas. Uno se muere cuando se muere, y punto. No antes, ni después.
Todas las horas hieren, y la última mata. La última hora de su vida mató a Suárez, como, por cierto, la última de cada uno de nosotros ha de llevársenos por delante, pero diríase que lo que se le negó en su vida política activa, un poco de atención y de respeto, había prisa por dárselo después de muerto. Sin embargo, quien acaba de embarcar hacia el viaje sin retorno era un hombre, una persona, y no una figura histórica maleable e interpretable al gusto de cada cual. En mi modesta opinión, ha sido una falta de consideración muy grande, y muy cruel, el dar por muerto y enterrado durante dos días largos a un ser humano que no sólo estaba vivo, sino que apuraba con esa sed misteriosa del ocaso los últimos momentos de su existencia.
Por lo demás, Adolfo Suárez fue un hombre (ahora sí: fue) que arriesgó mucho y que comía poco. Ambas cosas hablan siempre de una persona a su favor. Lo que hizo en vida fue, como lo que hacemos todos, bueno y malo: finiquitó al franquismo, lo cual es admirable, pero lo finiquitó de un modo que aseguró su supervivencia esencial hasta hoy, lo cual, excepto para los franquistas y su régimen al parecer eterno, malamente puede ser admirado. Tal fue la Transición que aquél joven falangista de circunstancias se sacó de la chistera, bien que gracias a la candidez o a las prisas de unos improvisados partidos de la oposición que se sintieron fascinados con el espectáculo y felices de haberse conocido y de ingresar en el confortable, muelle y bien remunerado territorio del Estado. Se pudo, sin duda, hacer de otra manera, pero nadie lo hizo y Suárez lo hizo así.
Descanse en paz, ahora sí, ese hombre afable y singular de Cebreros. El que se ha muerto es él, y no la figura histórica que, a base de tópicos indigeribles, se ha venido fabricando en los últimos días con una rusticidad total.

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