Victor Entrialgo De Castro: «La voluntad del pueblo o la de su sistema electoral»

Victor Entrialgo De Castro: "La voluntad del pueblo o la de su sistema electoral"

Si Roma representa el genio político y jurídico es porque a medida que iba creando su imperio iba creando las instituciones que necesitaba, el praetor, encargado de crear con sus edictos el derecho privado y resolver los conflictos, los cónsules, para impedir la tiranía de un hombre sólo, los ediles, para gobernar la ciudad, los cuestores al cargo de la Hacienda y el tribuno de la plebe que, con su capacidad de veto, garantizó la estabilidad ynla solidaridad entre el Senado y el pueblo durante centurias.

Todo cambio importante en la estructura social, como lo es el golpe de Estado continuado que España sufre, suscita una necesidad pública que si lo es de verdad, plantea una cuestión de Estado.

Los españoles hoy deben elegir si quieren que siga gobernando su sistema electoral o si quieren que elija su gobierno el pueblo soberano. Desde el Parlamento, ya sea a través de la elección de su Presidente a dos vueltas, ya a través de las interpretaciones o reformas electorales precisas.

Porque fruto de las distorsiones de representación el gobierno es más bien reflejo de un deficiente sistema electoral que de la voluntad soberana de los españoles que quieren serlo. Y no de aquellos que, con nuestras armas, nuestras instituciones, nuestro dinero, se dedican como caballos de Troya, a minarlos y destruirlos desde dentro.

Y si de verdad quieren elegir quien les ha de gobernar, han de empezar por cambiar su sistema electoral. Porque es evidente que ante una situación de excepcionalidad, de asedio separatista, el Congreso de la Nación no puede convertirse en una cuadra donde estabular caballos de Troya que, con tal de gobernar, meten algunos allí para que acaben tomándolo, como sucedió ya con los que proclamaron una República catalana mientras los rufianes los apoyaban desde la Carrera de San Jerónimo.

La democracia española no puede ser tan idiota, aunque las recientes elecciones dejan bastantes dudas. No puede meter al enemigo en casa y habrá de ilegalizar las organizaciones políticas que pretendan confesadamente desestabilizarla, destruirla, o tratar de chantajear la composición de los gobiernos de la nación.

Precisamente por este grave problema de nuestra democracia, la sobrerrepresentación de quienes en la Nación, donde quieran o no han nacido, sin haber aprendido oficio ni aportado nada, en lugar de una España mejor, buscan dividirla, debilitarla o directamente destruirla, a veces por medio de un plan largamente concertado y otras sólo por encontrar una covachuela o un chalet en Galapagar.

En esta estructura piramidal en que los partidos consisten, los españoles tienen que hacerse responsables de a quien colocan al frente del gobierno. Y de este modo responsables directos de su elección e indirectos de su gestión.

Sin presupuestos y sin instituciones fuertes y adecuadas a los difíciles momentos que estamos viviendo, nos arriesgamos como le sucedió a Roma mientras no sacó su genio creador de instituciones, a que lo asalte cualquier Tiberio Graco, su primer revolucionario, con su Blossius, tejedor de triviales utopias y, en el mejor de los casos, tendremos que volver a votar en pocos meses, antes de que por un gobierno de coalición fuerte se pueda abordar la reforma de la ley electoral.

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