La política es un terreno resbaladizo para el ego. Y aunque el parlamentarismo, una de sus facetas, agradece la brillantez, es un plano inclinado propicio para deslizarse mientras se coge velocidad con el riesgo de patinar, romperse la crisma o hacer sangre sin querer en un momento sobrado.
La brillantez, por diferente, lo mismo es objeto de admiración que de envidias y no es de fácil encaje en una organización política que exige mucha colaboración e inteligente gestión de egos. No se puede desarrollar un pensamiento complejo sin exagerar, pero una cosa es la exageración y otra el exceso permanente, el histrionismo.
Mientras conseguimos mejorar nuestro sistema de representación y nuestro Estado de partidos, de modo que no haya un sólo hombre público que no haya sido directa o indirectamente por los electores, sin duda es mérito indudable de una organización lograr encajar en ella la brillantez. Pero no es fácil, sino delicado.
Vulgarizada la política por una comuna de niñatos atrevidos con adolescencia prolongada que siguen causando daños a nuestras escuálidas instituciones, entre tanta baratija, destacan entre otros los casos recientes de dos mujeres que en el PP y Vox, con su inteligencia y sus brillantes dotes oratorias, han reclamado un sitio de relieve en sus organizaciones.
Las dos han servido grandemente a las aspiraciones de representación de los españoles, tan deficientemente representados. Pero la brillantez intelectual tiene difícil encaje en la estructura de los partidos porque se trata de dos instintos diversos, dos pasiones diferentes.
El genio intelectual busca siempre la verdad, aunque sea al servicio de la política, mientras el genio político busca los resortes del poder para mandar, el genio invisible de la ciudad. Y a veces, en los partidos políticos, como en las parejas o en la vida, por razones personales o de «mero estrés» unos y otros chocan, en lugar de llegar a un acuerdo.
Lo mismo sucede ante cualquier berrinche humano o animal de no importa qué naturaleza. Como si delante del toro José Tomás no dejara enfriar la cosa en el coso, lo suficiente para que llegue el arte del temple, torear y estar torero.
El caso es que no está España para privarse ni de figuras del toreo ni de gente valiosa entre los servidores públicos. Así que, en tanto se perfeccione la representación no estaría de más, si aún no se ha roto la mínima confianza necesaria, por el bien de la Nación, dejar las cosas reposar y alcanzar algún tipo de acuerdo que permita a cada uno dar lo mejor de sí al servicio de sus organizaciones y de España al mismo tiempo. Que para eso están.
Víctor Entrialgo
