Manuel del Rosal

El Ebro guarda silencio

El Ebro guarda silencio
Manuel del Rosal García. PD

El río Ebro baña generosamente las comunidades de Cantabria, Castilla León, País Vasco, Rioja, Navarra, Aragón, Cataluña y norte de la Valenciana

A todas ellas las baña generosamente y en silencio.

El Ebro, como todos los ríos, es un ser vivo y como tal siente. Todos los ríos nacen, crecen, se desarrollan y mueren en el mar. Algunos mueren antes de llegar al mar y su muerte es provocada por los cambios en la Naturaleza, unas veces, y por la codicia, desidia o intereses inconfesables de algunos hombres; también por la estupidez de quienes apoyan a estos. El Ebro, a su paso, contempla las tierras a las que dona la vida, la vida que nace de sus aguas. Las contempla y las ama como ama a las gentes y a las ciudades que se abastecen de su caudal. Se siente satisfecho de poder dar vida. Mira para sus adentros y percibe como su trabajo se traduce en riqueza para las comunidades por donde pasa y para las gentes que las habitan. Y todo esto lo hace en silencio, sin algaradas, sin darse importancia. Siempre ha sido así. Sin embargo, el Ebro está triste en los últimos tiempos y, a pesar de que sigue guardando silencio, quisiera poder expresar toda la rabia que anida dentro de él, rabia e impotencia ante lo que el hombre hace y no hace.

El Ebro sabe que España necesita urgentemente un plan hidrológico, pero la España de hoy es un puzle de comunidades con intereses siempre ajenos al interés general. Son los políticos que gobiernan las comunidades los que, desde su óptica ruin, mezquina y orientada siempre a la recolección del voto, siembra entre los ciudadanos la cizaña de «la defensa de los intereses de nuestra tierra» para boicotear cualquier iniciativa pensada para el bien general, para España entera; en el caso que nos ocupa, para articular los mecanismos necesarios que hagan mucho más llevaderas las sequías que. inevitablemente se producen cíclicamente. Hace años un presidente propuso un Plan Hidrológico Nacional que otro presidente, manipulando a la opinión pública con el solo objetivo de obtener votos, derogó. En su manipulación contó con la colaboración de los gobiernos de ciertas comunidades que, a su vez, manipularon obscenamente a sus ciudadanos adormecidos por la estupidez de que el Ebro era solo suyo y de nadie más.

El Ebro está triste porque otros ríos hermanos suyos han desparecido dejando la cicatriz seca y cuarteada de su cauce, como si de un navajazo en la piel de toro se tratara, otros han devenido en arroyuelos y otros, si a la ruindad, la codicia y la mezquindad de unos se une a la estupidez de otros, desparecerán en breve. El Ebro guarda silencio y llora a sabiendas de que el hombre no aprende, mucho menos si ese hombre es un político o está manipulado por ellos en la consecución de intereses bastardos, aunque para conseguirlos deserticen a España.

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