ANÁLISIS

Juan Mata Hernández: «¿Y si la sexta extinción masiva no viniera del cielo?»

Juan Mata Hernández: "¿Y si la sexta extinción masiva no viniera del cielo?"
Universo

Mala cosa, cuando nos limitamos a mirar hacia el espacio para prevenir una catástrofe de dimensiones cósmicas. Me refiero a la noticia de que en los últimos días un meteoroide de entre 15 y 30 metros, ha rozado la Tierra sin que fuera detectada su presencia hasta el último momento. En realidad ese choque, de haberse producido, no habría tenido un efecto muy superior al que en 1908 provocó en Tunguska el impacto de otro de 20 metros de diámetro: una explosión equivalente a una bomba atómica de 20 megatones.

Es cierto que alguna teoría achaca a la caída de un asteroide de 10 km de diámetro, como principal causante de la extinción masiva de especies (entre ellas los dinosaurios) hace unos 65 millones de años. Pero también lo es que la Tierra parece haber sufrido ya, que se conozcan, unas cinco grandes extinciones masivas y que esa no fue ni mucho menos la que causó un desastre mayor en la vida de nuestro planeta, porque a esos efectos la medalla de oro la ostenta la gran extinción denominada pt (entre el final del periodo pérmico e inicio del triásico). Fue hace unos 250 millones de años y se llevó por delante al 95% de las especies marinas y al 70% de los vertebrados terrestres. Pero no fue ningún asteroide el culpable, pues se cree que el motivo se debió a efectos que podríamos llamar internos: una intensa actividad volcánica y un violento cambio climático producido por gases de efecto invernadero, algo que se comienza a parecer a lo que se está produciendo en la actualidad.

Así pues gran parte del enemigo lo tenemos en casa como si fuera un caballo de Troya dispuesto a abrir las compuertas de la sexta extinción. Sorprende, por lo menos a mí me admira mucho, el discurso ciego e interesado de algunos dirigentes políticos, que ignoran tercamente las advertencias de los científicos sobre la hecatombe que se avecina. El efecto del actual calentamiento global no alcanzará quizás ninguna de las medallas del pódium de la destrucción, porque se ha puesto ya el listón muy alto, pero eso es algo intrascendente para nosotros, pues para acabar con el género homo, tan limitado en muchos aspectos biológicos, no haría falta más que una mínima parte de lo que hemos citado.

Quizá convenga recordar que el 95% de la biomasa que se produce en el planeta corresponde a los organismos autótrofos, son ellos los que fabrican el alimento a partir del carbono de la atmósfera con el que nos nutrimos el restante 5% de seres vivos. La tala indiscriminada de árboles, los incendios y el cambio climático, amenazan precisamente más a estos organismos, que son nuestra fuente de energía.
Soy consciente de que mis palabras pueden sonar a pesimismo Schopenhaueriano y no son estas fechas navideñas, las más apropiadas para pronosticar un futuro de dolor o un destino trágico. Ya bastantes temas del día a día abundan y alimentan la depresión. Lo único que pretendo es recordar con humildad, esta tarea urgente que tenemos ante nosotros, la de preservar las condiciones en que hemos recibido el planeta. Plantar un árbol sería la primera de aquellas tres que se nos encomendaban al nacer, yo añadiría la de dejar el coche y caminar todo lo que se pueda. Claro que otra de ellas, la de tener un hijo, al menos en España, también, pero de eso hablaremos en otra ocasión. Sería bochornoso tratar de explicar a nuestros nietos que no nos hemos preocupado en hacer nada para evitar que su mundo fuera inhabitable.

¿Y qué se puede hacer?
La energía solar que llega a la Tierra cada año es equivalente a 5 x 1017 kWh. lo que representa más de 30.000 veces el consumo energético mundial. Y aunque unas 2/3 partes cae en los océanos transformándose parcialmente en mareomotriz, hidráulica y eólica, aún restaría la suficiente para cubrir, junto con las anteriores, todas las necesidades de nuestra sociedad. Este es uno de los caminos a recorrer con prontitud y así lo han entendido los 197 firmantes del llamado Acuerdo de París de 2015, cuando se comprometieron a «limitar el calentamiento global a menos de 2°C, y lo más cerca posible a 1,5°C, por encima de los niveles preindustriales». De entre los 197 firmantes, 157 países, entre ellos España, son responsables del 95% del total de emisiones, aunque solo 58 de estos últimos han establecido objetivos de reducción de emisiones y 16 de los cuales pretenden ser incluso más ambiciosos.

Así pues, algo muy decisivo se está rompiendo en el mundo y parece que el Acuerdo de París era una actitud coherente para frenarlo, pero la retirada de los EE.UU. en junio de 2017 es una vacilación y un retroceso que, además de provocativa, puede ser un contrapeso negativo para el esfuerzo colectivo de los demás. La dificultad más radical está en la competitividad y hará falta voluntad generosa para superar la crisis. Por ello, la secretaría general de la ONU ha pedido, en la reciente reunión de Katowice, que se hagan todos los esfuerzos posibles, para cumplir con el Acuerdo por el bien de la humanidad.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)

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